Cuatro horas esperando que abra una máquina
El letrero decía que el salón abría a las once. A las once y veinte seguía con el pestillo echado, y yo ya llevaba suficiente tiempo parado en la acera de enfrente como para haber contado todas las grietas del asfalto. Seis días en Ōzora y todavía no aprendo que los horarios aquí son más una intenc…