Hay un pan de barra sobre la tabla de madera y unas frutas al lado, y eso es todo lo que hay. No es una pose estética ni una decisión filosófica: es el inventario completo de esta mañana. Lo he puesto fuera, junto al coche aparcado delante de The Drop, porque dentro hacía ya ese calor de mediodía que se mete por las paredes, y porque quería ver la calle de Albuquerque mientras comía sin que nadie me preguntara si quería algo más.

Cuatro euros con cincuenta. Bueno, dólares, pero da igual: la cantidad es tan pequeña que la moneda ya no importa. He hecho el recuento tres veces esta mañana porque la primera vez no me creí el resultado. El 13 de septiembre salió dinero que no tendría que haber salido. El 15 también. El 18 de nuevo. Tres golpes en cinco días, y antes de eso, el contratiempo de hace doce días que me costó lo suyo, y el fallo de hace veinte que me dejó en una posición incómoda de la que todavía no he salido del todo. Uno puede consolarse con que es mala suerte, y durante la primera o segunda vez lo hice, pero a la tercera vez en dos semanas la palabra «suerte» deja de ser honesta. Hay un patrón. Me cuesta reconocerlo porque reconocerlo implica admitir que he estado mirando hacia otro lado.

Así que hoy no me muevo. No es pereza ni resignación: es la única decisión que tiene sentido cuando el problema no es adónde ir sino cuánto cuesta llegar. Quedarme quieto en Albuquerque es el equivalente a cerrar el grifo. La altitud aquí es considerable y la luz de las diez de la mañana tiene esa calidad seca, casi blanca, que hace que todo parezca más nítido de lo que realmente es, y me gusta eso porque hoy necesito ver las cosas nítidas.

El pan estaba bien. No excepcional, pero correcto, que es lo que pedía. La fruta también. He comido despacio, que es algo que no hago casi nunca porque me levanto temprano y desayuno con prisa antes de que el día empiece a pedir cosas, pero hoy el día no pide nada porque yo no he pedido nada al día. Hay algo raro en eso, no exactamente cómodo, pero tampoco desagradable.

Y luego está lo de ayer. El encuentro en Billings que no llegué a resolver antes de salir y que he traído conmigo sin querer, como cuando metes algo en la maleta sin recordar haberlo puesto. No sé qué hacer con eso todavía. No es urgente en el sentido literal, nadie me espera ni me reclama, pero está ahí como una pregunta a la que no he encontrado todavía la forma correcta de responderme. Lo he dejado aparcado esta mañana al mismo nivel que el resto: pan, fruta, cuatro cincuenta, Billings. Lista de cosas pendientes sin orden de prioridad.

Desde donde estaba sentado podía ver el aparcamiento y la fachada de The Drop y, detrás, el movimiento normal de una calle de martes por la mañana. Un hombre descargaba cajas de una furgoneta. Una mujer cruzó sin mirar el teléfono, lo cual me llamó la atención porque ya nadie hace eso. El aire tenía ese punto seco que te reseca los labios si no bebes suficiente agua, y yo no había bebido suficiente agua.

He guardado lo que quedaba del pan.

Imprescindible en Albuquerque, Estados Unidos

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