Salí de Guatemala City antes de las ocho con la idea de que el Mapa en Relieve abría sin complicaciones y yo estaría de vuelta antes de que anocheciera. La idea era simple y por eso debería haberme desconfiado desde el principio.
El Mapa en Relieve está en el parque Minerva, en un barrio de San José que huele a aceite de motor y a tortillas recién hechas si coges la calle en la dirección correcta. El mapa en sí es enorme, una maqueta del país tallada sobre el suelo, con las cordilleras levantadas y los ríos marcados, y hay algo vagamente absurdo en ponerse a mirar Costa Rica a vista de pájaro mientras un señor mayor fuma apoyado en la valla con absoluta indiferencia hacia el patrimonio. El problema es que llegué y había una cola. No una cola larga, sino una cola que no se movía, que tardó cuarenta minutos en moverse cuatro personas porque alguien en la taquilla tenía un problema con el cobro con tarjeta y nadie sabía si el sistema iba a recuperarse o no. El vigilante repetía que en unos minutos, en unos minutos, y uno detrás de mí resoplaba cada tres minutos exactos, como un reloj.
Al final entré. El mapa merece la visita aunque la taquilla sea un desastre, pero la espera me había comido el margen que tenía para explorar el resto del barrio con calma, y ahí empezó el cálculo. Tenía en la cabeza un par de opciones para comer: la zona de Escazú, que me habían mencionado y que prometía una diversidad de sitios decente, o las sodas de aquí mismo, que son más baratas y más inciertas en cuanto a lo que te vas a encontrar. Un coche aparcado en doble fila bloqueaba parcialmente la vista a una de ellas, una esquina con un comedor pequeño y una farmacia al lado, de esas fachadas de azulejo que en España ya no existen y aquí están por todas partes con sus colores desgastados.
Me quedé en el barrio. No fue una decisión romántica ni valiente: fue que Escazú implica transporte y tiempo y yo ya no tenía ninguno de los dos en abundancia. El comedor tenía cuatro mesas, un ventilador de techo que giraba a una velocidad que no llegaba a refrescar nada, y un menú del día escrito en una pizarra con letra de alguien que claramente no pierde el tiempo en florituras. Pedí lo que había y estaba bien, sin más, el arroz un poco pasado pero el caldo decente.
Lo que me molestó no fue la cola del Mapa en Relieve sino que la cola me obligó a tomar una decisión que en realidad ya debería haber tomado hace días: dejar de añadir paradas a cada excursión como si el tiempo fuera gratis. Anteayer ya hubo un imprevisto, y ayer también, y en algún momento dejar de contarlos como mala suerte y empezar a contarlos como el ritmo real de cómo van las cosas es la única forma de no llegar al final de la semana con el plan deshecho. Así que hoy he cancelado la vuelta por el Bosque Natural La Verbena, que me había apuntado como posibilidad, y lo he dejado sin más. No es que no quiera ir. Es que prefiero reservar ese margen para algo que no pueda aplazarse.
El vuelo de vuelta tiene una hora fija y no negocia. Cogí el autobús desde el parque con tiempo suficiente, sin correr, y vi San José pasar por la ventanilla: los edificios con sus plantas bajas comerciales, la gente caminando rápido en la acera, un cartel de una farmacia que debía llevar veinte años en el mismo sitio a juzgar por el estado del plástico. El ventilador del comedor todavía me suena en algún sitio.
Imprescindible en San José (Alajuela), Costa Rica
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