Doce quetzales de vuelta y el hombre ya estaba girándose hacia el siguiente cliente. Me quedé mirando los billetes un segundo, contándolos otra vez con el pulgar, y había once. Once. La diferencia es una ridiculez en cualquier moneda que se quiera calcular, pero el gesto, esa rapidez exacta con la que se da la vuelta justo cuando uno baja la guardia, eso no es descuido.

El Monumento a la Paz quedaba al fondo, entre banderas y un cordón de gente que no llegaba a ser multitud pero tampoco dejaba pasar con facilidad. Era el 20 de octubre y la ciudad tenía ese tono un poco solemne y un poco de mercado al mismo tiempo, uniformes mezclados con puestos de chicha y camisetas serigrafiadas con escudos que nadie compra excepto ese día. Yo había salido sin ningún plan concreto, lo cual, visto lo que pasó, fue mi error más costoso de la mañana.

El vendedor tenía una nevera portátil atada con cinta adhesiva naranja y vendía agua y bebidas que no reconocí. Le pedí una botella. El precio que tenía marcado con rotulador en un cartón era de ocho quetzales. Pagué con un billete de veinte. Me devolvió once y se giró antes de que yo terminara de contar. No corrí detrás de él porque me pareció inútil, y también porque llevaba ayer y anteayer con el mismo tipo de episodio, distintos en la forma pero iguales en el resultado, y empiezo a cansarme del patrón más que del quetzal concreto.

Lo que me molesta no es el dinero en sí, aunque tampoco voy a fingir que sobra. Es la mecánica. La certeza de que hay gente que trabaja la distracción como se trabaja cualquier otro oficio, y que en un día con banderas y ceremonia y el Ejército haciendo sus cosas al fondo, el margen de confusión sube y ellos lo saben. En Barcelona, cuando trabajé los últimos meses antes de salir de viaje, había un colega que siempre decía que los sistemas de incentivos explican casi todo el comportamiento humano. Aquí en la calle, entre puestos y uniformes, eso se ve con una claridad que no tiene nada de abstracto.

Seguí caminando hacia el perímetro del acto. No entré al área vallada porque no tenía ganas de gestionar si necesitaba algo o no para acceder, y desde fuera se veía suficiente: el discurso por unos altavoces con demasiado eco, la gente haciendo fotos con el teléfono en alto, un vendedor de banderitas que las agitaba al ritmo de nada en particular. Un niño de no más de seis años llevaba una bandera guatemalteca enrollada en el cuello como bufanda y miraba hacia arriba con una expresión que no era entusiasmo ni aburrimiento, sino una especie de concentración total en lo que fuera que estuviera ocurriendo encima de él.

Me fijé en eso más que en el monumento, que desde donde yo estaba era solo una silueta con una figura encima recortada contra un cielo bastante blanco.

No recuperé el quetzal que me faltaba, como era de esperar. Me compré otra botella de agua más tarde, en un sitio cerrado donde me dieron el vuelto completo y un recibo que nadie pidió, y me pregunté si eso era lo que se consideraba una victoria en este contexto. El sol de mediodía pegaba bastante y la gente que había ido a ver la ceremonia empezaba a dispersarse por las calles laterales, algunos con banderas dobladas bajo el brazo, otros directamente mirando el móvil como si el acto hubiera terminado tres minutos antes de que terminara. Un hombre mayor recogía sillas plegables con una eficiencia que parecía exceder lo necesario para la cantidad de sillas que había.

Imprescindible en Ciudad de Guatemala, Guatemala

Este post contiene enlaces de afiliados.