¿Cuánto cuesta caminar?

He llegado esta mañana a Ciudad de Guatemala con la mochila entera, cuatrocientos doce euros en el bolsillo y la lógica de alguien que ha visto cómo se esfuma el dinero cuatro veces en el último mes. Ayer todavía estaba en otro sitio, aprendiendo a decir «gracias» en náhuatl y quedando en ridículo delante de un comerciante que se partió de risa antes de enseñarme la palabra correcta. Hoy, nueva ciudad. El idioma oficial es el mismo pero el acento tiene otra textura, más densa, más guardada.

Lo primero que he notado en la 7a Avenida es que la acera es más estrecha de lo que cabría esperar en una capital. Hay que elegir entre andar en fila o empujar a alguien, y nadie parece haberse planteado una tercera opción. He andado pegado a la pared durante tres manzanas con la mochila girada hacia delante como si fuera a cruzar una aduana.

El Monumento a la Paz está en una rotonda. Una escultura de manos que sostienen una paloma, rodeada de tráfico. Las palomas de verdad, las de carne y pluma, se han instalado encima de la escultura con una indiferencia que me parece bastante honesta. La plaza no tiene entrada, no tiene taquilla, no cuesta nada. Eso es exactamente lo que buscaba. No voy a fingir que el criterio era otro.

He estado ahí parado un rato que se me ha hecho raro, mirando las manos de piedra. La idea es interesante en el papel: manos enormes que no aprietan, que ofrecen. Tiene una lógica interna que al principio parece simple y luego, si uno se queda el tiempo suficiente, resulta que tiene más capas. No sé si eso lo pensó el escultor o si me lo estoy inventando yo solo, parado en una rotonda mientras pasan coches que llevan el volumen de la radio a un nivel que no parece compatible con la salud auditiva de nadie.

Justo cuando estaba a punto de irme, un tipo que vendía agua desde una nevera portátil me ha preguntado si quería algo. Le he dicho que no, y entonces ha señalado el monumento y ha dicho algo del estilo de «mañana hay más gente aquí». He tardado un segundo en caer: mañana es el veinte de octubre. Hay banderas por aquí y por allá, algunas colgadas en balcones con las esquinas algo deshilachadas, como si llevaran colgadas desde la última vez. El ambiente no es de fiesta todavía, pero hay algo en el aire que se está organizando despacio.

He cogido una botella de agua al final. No porque tuviera mucha sed, sino porque el hombre llevaba ahí de pie bajo el sol desde quién sabe cuándo y me ha parecido lo mínimo. Cuatro quetzales. Lo he anotado mentalmente con la precisión de alguien que lleva semanas haciendo esa misma operación, restando y volviendo a restar.

La 7a Avenida de vuelta al centro tiene una ferretería en cuya puerta han apilado cubos de plástico de colores hasta formar una columna que llega a la altura de un primer piso. No sé si es una estrategia de venta o simplemente que no caben dentro. Nadie miraba los cubos excepto yo.

Las manos del monumento no sueltan la paloma. La paloma no se va. Es una situación bastante estable para todos los implicados.

Imprescindible en Ciudad de Guatemala, Guatemala

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