«No puedes pasar, está cabrón el tema hoy», me dijo el guardia sin levantar la vista del móvil, apoyado en el cartel como si llevara allí desde la semana anterior. El cartel decía exactamente lo que esperaba que no dijera: CERRADO POR MANTENIMIENTO. Sin fecha de reapertura, sin explicación adicional, sin nada. Solo ese cartel y el guardia y su móvil y yo con mi botella de agua ya caliente a las once de la mañana.

La Zona Arqueológica de Palma Sola lleva incrustada en la ciudad como una muela olvidada: no está en ningún parque vallado, no tiene tienda de souvenirs, no tiene folleto. Está en Privada de la Mona, que es básicamente una calle con nombre de chiste, rodeada de casas con ropa tendida y un puesto de bebidas justo al lado de la verja. Las rocas con los grabados se ven desde fuera sin problema, que es lo que termina pasando cuando el recinto está cerrado por mantenimiento sin que haya nadie haciendo mantenimiento a la vista. Estuve diez minutos mirando por encima de la valla, distinguiendo los trazos en la piedra, líneas y espirales que alguien hizo aquí hace mucho tiempo y que ahora comparten espacio con un puesto de Sabritas y botellas de Jarritos. No sé si eso es negligencia o simplemente la forma honesta de integrar el patrimonio en lo que de verdad es la ciudad, pero la mezcla resulta rara de todas formas.

Lo de anteayer todavía me tiene con poca gana de complicarme la vida, así que no insistí demasiado con el guardia. Me quedé en la calle, saqué el teléfono, intenté documentar algo útil desde el ángulo que daba. Hay algo en ver esas marcas antiguas desde la acera, con el ruido de la Costera al fondo y un perro durmiendo a tres metros, que desmonta cualquier romanticismo arqueológico que uno pueda llevarse encima. Las marcas están. La ciudad también. No se excluyen mutuamente, simplemente conviven sin que nadie haya decidido qué hacer con eso.

Después fui al mercado, sin un plan concreto, más por matar el rato que por necesidad real. Es donde ocurrió lo del náhuatl. Vi un puesto de frutas con un señor que llevaba una camiseta de un equipo de fútbol que no reconocí y, no sé por qué, me entró el impulso de intentar decir «gracias» en náhuatl. Llevo días viendo palabras sueltas en carteles y pensé que algo había retenido. No había retenido nada. Lo que salió de mi boca fue algo entre un estornudo y un nombre de medicamento genérico, y el comerciante tardó medio segundo exacto en soltarse a reír, lo cual contagió a los dos o tres clientes que había alrededor. «Tlazohcamati», me dijo ya con calma, separando las sílabas como si le explicara algo a un niño. Lo repetí dos veces. La segunda vez aplaudieron. Sigo sin estar seguro de haberlo pronunciado bien, pero nadie me lo iba a decir a esas alturas.

Por la noche fui al Bocamar, en la Costera Miguel Alemán, porque necesitaba algo concreto en un plato y no otra tarde de tentempié de puesto. El sitio funciona: los camarones al mojo de ajo estaban bien, la cerveza fría, la cuenta razonable para lo que es la zona. La diferencia entre el Bocamar con su carta plastificada y su ventilador de techo y la Zona de Palma Sola con su cartel de mantenimiento es que uno tiene a alguien que lo abre todos los días. No hay más misterio.

Me quedé un rato más de lo previsto, mirando los veleros en la bahía desde la terraza, pensando que la IA que uso para organizar flujos de trabajo también cierra por mantenimiento a veces, y nunca avisa con cartel.

Imprescindible en Acapulco, México

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