El billete de la lancha a La Roqueta costaba ciento cincuenta pesos y el señor de la taquilla me lo dijo mirando hacia otro lado, como si le diera un poco de vergüenza. Lo entendí después, cuando vi que la mitad de los que embarcaban llevaban camisetas de «Acapulco Cliff Diving» y el barco tenía altavoces que amenazaban con música de fondo en cuanto saliera del muelle. Cuento el dinero que me queda, que no es mucho, y estas cosas me pesan más de lo que deberían.

He pasado cuatro días en esta ciudad sin acercarme a La Quebrada. No por principios especialmente nobles, sino porque el espectáculo organizado me cansa incluso antes de llegar. Lo de ayer ya fue suficiente contratiempo como para no añadir más impaciencia encima. Así que aquí estaba, eligiendo la reserva natural sobre el clavadista de postal, lo cual me hacía sentir levemente superior y completamente ridículo al mismo tiempo.

La travesía hasta la isla dura unos veinte minutos. Cerca del motor iba sentado un hombre con una caja de plástico llena de latas de refresco que vendía a bordo, sin cartel, sin anuncio, simplemente sacando una cuando alguien le miraba. Le pregunté si tenía agua. Me dijo que no, que agua solo en la isla, y señaló hacia ningún lado concreto con el pulgar. Le compré una Coca-Cola fría que no quería del todo y me senté a ver cómo Acapulco se alejaba por la popa, con el Farallón del Obispo recortado contra el cielo hacia el oeste como si alguien lo hubiera puesto ahí para que fuera fotogénico y después se hubiera aburrido del proyecto.

El muelle de La Roqueta es de madera, oscuro por la humedad, con dos o tres barcas de trabajo atadas que no tienen nada de pintoresco. Me apoyé en uno de los postes mientras miraba cómo los del casco de buceo intentaban no caerse en el embarcadero. El agua aquí es clara sin ser transparente, de ese verde grisáceo que no sale bien en las fotos y que en realidad se agradece porque parece honesta. Estuve así un rato largo, que es lo más parecido a un plan que he tenido esta mañana.

Hice el recorrido de buceo con tubo. El instructor, un tipo que se llamaba Beto o algo parecido, llevaba unas gafas de buceo con la correa unida con precinto plateado, lo cual inspiraba una confianza relativa. Me explicó las cuatro zonas donde no había que pisar con voz de quien lleva ese discurso repetido cuatrocientas veces esta temporada, lo cual tampoco es una crítica, solo un dato. Bajo el agua hay peces de colores vivos que parecen saber perfectamente que son decorativos y que no se inmutan con los humanos. Me pareció un arreglo sensato.

Desde el agua, el Farallón del Obispo y las otras formaciones al oeste se ven distintas que desde tierra, más angulosas, más indiferentes a que alguien las esté mirando. La vegetación de la isla por encima es densa y bastante menos ordenada de lo que sugieren las fotos del sitio web oficial de la reserva, que debió de contratar a alguien con una lente muy buena y mucha paciencia. Lo que hay es monte, pájaros que hacen ruido, y el olor a salitre mezclado con gasoil de las lanchas. No está mal. Simplemente no es lo que anuncia.

En el muelle de vuelta, mientras esperaba la lancha, un niño que tendría siete u ocho años me ofreció una concha de mar por veinte pesos. Le dije que no. Me la siguió ofreciendo en silencio durante cuatro minutos exactos, que conté. Al final la concha quedó entre los dos, sobre la madera, y ninguno dijo nada más.

Imprescindible en Acapulco, México

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