«¿Alguna vez has tenido miedo de volver a casa?», me preguntó ayer una chica de quince años con el flequillo sobre los ojos y esa manera que tienen los adolescentes de soltar preguntas enormes como si fueran normales, como si no importara la respuesta. Yo me quedé callado unos tres segundos de más y luego dije algo vago sobre los viajes largos y el cansancio acumulado, y ella me miró con una cara que dejaba claro que no me había creído nada. Lo he estado pensando desde entonces. Toda la noche, en realidad.
He bajado a La Quebrada por la mañana con la idea de ver el salto de los clavadistas a las doce y media, que es lo que pone en todos los carteles y lo que me dijo el tipo de recepción cuando le pregunté. Doce y media. Llegué a la doce menos cuarto, me coloqué en la parte baja junto al agua, donde la roca baja en planos inclinados y el mar entra y sale haciendo un ruido sordo, y me puse a esperar. La doce y media pasó sin clavadistas. La una menos veinte, tampoco. Un señor con una camiseta de la selección de Brasil me dijo que había habido un aviso por el estado del oleaje o algo así, que había que esperar, que ya saldrían. Esperé.
Hay algo raro en quedarse parado mirando un acantilado sin que pase nada. El agua golpea contra la roca desde abajo con una fuerza que no esperaba, agitada y sucia de espuma, y la pared de piedra sube hacia arriba de forma que da una ligera sensación de caída solo con mirarla, lo cual no ayuda cuando llevas cuarenta minutos de pie sin moverse. Me pregunté si los clavadistas tienen miedo antes de saltar o si el miedo desaparece con la repetición, con la costumbre de hacer siempre lo mismo desde el mismo sitio. Y entonces volví a pensar en lo que dijo la chica.
Cuando por fin salieron, eran las dos menos diez. Dos hombres subiendo por una grieta en la roca con una agilidad que resultaba casi antipática, como si la verticalidad no fuera ningún problema, como si el cuerpo humano estuviera hecho para eso. Se pararon arriba, muy arriba, y uno de ellos se quedó un momento completamente quieto antes de saltar. Ese momento quieto fue lo que más me llamó la atención, no el salto en sí. El momento antes. Desde donde yo estaba, al nivel del agua, el ángulo hacía que el acantilado pareciera más grande de lo que probablemente es, y el clavadista era una silueta pequeña contra un cielo con nubes grises y blancas que no se decidían a nada. Saltó, el agua se cerró sobre él, y ya. La gente aplaudió.
Luego bajé andando hacia el centro histórico sin un plan concreto, por esas calles anchas que huelen a fritanga y a escape de coche, con el sol de mediodía ya pegando de verdad. Me metí en una cafetería que tenía el aire acondicionado demasiado fuerte y pedí un café que estaba bien pero no como para hablar de él. En la pared había un cartel enmarcado con una frase motivacional en inglés que alguien había torcido ligeramente hacia la derecha. Nadie lo había corregido.
La pregunta de la chica sigue sin respuesta, al menos sin una que me convenza. No es que tenga miedo de volver a casa exactamente, es que no sé muy bien qué significa volver si llevas suficiente tiempo fuera. El acantilado no me ha resuelto nada, y tampoco esperaba que lo hiciera. Pero el clavadista quieto un instante antes de saltar, eso sí que lo entiendo.
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