El pelo me queda corto en la nuca y largo del lado izquierdo. No es simétrico. Ayer el barbero asintió con tanta convicción que no supe cómo contradecirle, y hoy, mirándome en el reflejo de una hoja de agave que sí, funciona como espejo si el sol da en el ángulo correcto, confirmo que el corte es exactamente lo que parecía: sorprendente en el sentido más neutro de la palabra.
El Jardín Botánico de Acapulco está en la Avenida Heróico Colegio Militar y no lo menciona nadie en el Costera. Entro pasada la mañana, pago la entrada (una cantidad que anoto mentalmente en la lista de gastos que llevo desde hace semanas), y lo primero que me golpea es el silencio relativo: no el silencio de una catedral, sino el silencio de un sitio donde la gente no sabe muy bien por qué ha ido. Hay dos parejas de jubilados y un hombre con una mochila de trabajo que come un sándwich en un banco. Nada más. La ciudad está a doscientos metros pero podría estar en otro continente.
Me quedo un rato frente a un agave. Las hojas son anchas, con esa punta terminal que parece deliberada, casi excesiva, como si la planta hubiera decidido hacer un punto y aparte visible. La luz cruza entre los tallos de arriba y proyecta sombras que se mueven cada vez que corre un poco de viento. No sé por qué esto me parece más interesante que la bahía, pero lo es. Puede que sea porque nadie me está vendiendo nada.
Lo del instituto pasó a media tarde, sin que yo lo hubiera planeado demasiado. Alguien se enteró de que llevaba tiempo viajando y me pusieron delante de una clase de chavales de quince años. Acepté porque no cuesta nada y porque pensé que sería sencillo: cuéntalos cuatro anécdotas, responde preguntas sobre hoteles baratos, y listo. Pero no. Una chica en la segunda fila, con el uniforme mal abrochado y cara de no haber dormido bien, levantó la mano y preguntó si alguna vez había tenido miedo de volver a casa. No miedo a los sitios nuevos. Miedo a volver.
Me quedé callado más segundos de los que son socialmente aceptables en una clase de adolescentes. Intenté darle una respuesta que fuera honesta sin resultar extraña, algo sobre la costumbre y el cambio, y creo que lo conseguí a medias. Ella asintió como si ya supiera que no iba a responder bien. El resto de la clase siguió con preguntas sobre cuánto cuesta un billete de avión y si había probado el tequila de verdad. Normalísimo. Pero la pregunta de ella se me ha pegado al final de la tarde como esas semillas que se enganchan en la ropa sin que te des cuenta.
En la Avenida Ejido, la Taquería El Pastorcito tiene cuatro mesas de plástico y un ventilador de techo que oscila con una ligera irregularidad que da un poco de vértigo si lo miras mucho. El pastor estaba bien, jugoso, con el punto de grasa que en España costaría el doble y sería peor. Pedí tres tacos y una agua de Jamaica y salí por debajo de los cuarenta pesos, lo cual es la única cifra del día que me ha parecido del todo razonable.
No he vuelto al jardín por la tarde. Me he sentado un momento en la acera de enfrente, mirando la entrada, y he pensado en la chica de la segunda fila. No en la respuesta que debería haberle dado, sino en que la pregunta era mejor de lo que yo hubiera formulado. Las hojas del agave siguen ahí dentro, con sus puntas hacia arriba, perfectamente indiferentes.
Imprescindible en Acapulco, México
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