El tren de Acapulco sale antes de que el sol decida si va a salir o no, y yo cogí el de las cinco y cuarenta con la chaqueta mal puesta y un café de máquina que sabía a cartón mojado. Pensaba en la ciudad como en un recado: voy, vuelvo, no me complico. Llevo semanas arrastrando esa sensación de que el dinero se escapa por agujeros que no consigo identificar, y Ciudad de México no estaba en mis planes inmediatos, pero había algo que resolver y los trenes existen.

Lo de la barbería fue sin premeditación. Vi el letrero desde la calle, un rótulo de plástico amarillo con tijeras pintadas, y entré porque llevaba demasiados días con el pelo haciéndome cosas raras cerca de las orejas. El barbero era un hombre de unos cincuenta años con un delantal gris y la expresión de quien lleva desde las ocho atendiendo sin pausa. Le señalé los lados con los dedos, luego la parte de arriba, intenté algo con las manos que supongo parecía "un poco, no mucho". Él asintió. Esa clase de asentimiento que es casi una promesa solemne. Empezó a cortar y yo dejé de mirar el espejo porque a veces es mejor no saber. Cuando terminó, me giré y vi que tenía el pelo considerablemente más corto de lo que había imaginado, y que la línea del cuello era tan recta que parecía trazada con escuadra. No era lo que había pedido. Era mejor, técnicamente. Me cobró cuarenta pesos y yo salí a la calle con la cabeza fría y cierta sensación de haber entregado el control a alguien que sabía más que yo.

Desde ahí caminé hacia el centro. La zona por la que andaba, entre Tepito y el eje del mercado, tiene esa densidad específica de los barrios donde todo ocurre en la calle y en voz alta: alguien vende cables de cargador sobre una manta, alguien discute el precio de algo que no llego a ver, alguien arrastra un carrito con ruedas que chirrían. Me metí por una calle más estrecha siguiendo un olor a comida que no supe exactamente localizar y acabé frente a una puerta entreabierta con luz de neón blanco dentro.

Era una sala de billar. Cuatro mesas, todas ocupadas, con una iluminación fluorescente que lo aplanaba todo y hacía que los colores del paño parecieran menos verdes de lo que deberían. En la pared, un calendario de 2024 con una mujer en traje de baño y debajo un televisor pequeño con el volumen muy bajo emitiendo algo que nadie miraba. Los hombres que jugaban no se molestaron en alzar la vista. Uno de ellos tenía el taco apoyado sobre el hombro mientras esperaba su turno y mascaba algo sin ritmo aparente.

Me quedo parado más tiempo del que era lógico. Hay algo en ese tipo de sitios, la economía interna que funcionaba con billetes doblados que pasaban de mano a mano entre cada partida, una lógica de deuda pequeña y confianza inmediata, que me resultaba familiar sin serlo. Tengo esa sensación a veces en sitios así: que entiendo la estructura aunque no conozca las reglas exactas. Crecí entre Holanda y Cataluña y ninguno de los dos sitios me enseñó a leer esto, pero algo en el gesto de un hombre que guarda un billete sin contarlo y sigue jugando me parece traducible.

Pedí hora en la mesa del fondo porque ya que estaba ahí. El encargado me cobró por adelantado, sin preguntarme nada, lo cual me pareció razonable dado que claramente era el extraño en la sala. Perdí tres partidas seguidas contra un chico que debía tener veinte años y que golpeaba el taco con una economía de movimientos que daba algo de envidia. Él no celebraba los golpes buenos. Simplemente recalculaba el siguiente.

Cogí el tren de vuelta con el cuello todavía frío por el pelo y las yemas de los dedos con ese olor específico de la tiza de billar que no desaparece aunque te laves las manos.

Imprescindible en Ciudad de México, México

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