Llevo menos de un día en Acapulco y ya me he hecho esa pregunta dos veces. La primera fue en el taxi, hace 6 días (no, espera: eso fue en otra ciudad, en otro golpe; aquí llevo apenas unas horas, llegué esta mañana antes del amanecer con el coche traqueteando y un retrovisor que oscilaba como si le hubiesen dado un puñetazo), y la segunda ha sido hace veinte minutos, sentado en la Plaza Alavez con un café que me ha costado más de lo que esperaba y con la mochila negra apoyada entre mis pies.
El Zócalo a media mañana no es lo que imaginé. La luz entra directa, sin filtros, sin sombra útil, sobre la plaza entera, sobre las fachadas coloniales del fondo, sobre los vendedores que cruzan sin prisa y sobre todo lo demás. No es hostil, pero tampoco invita a quedarse. Es una luz de inventario, de miércoles de trabajo, de sitio que funciona para la gente que vive aquí y que no ha sido diseñado para el que llega sin planes concretos.
Me he quedado, claro. Porque el plan hoy era ese, nada, el Zócalo y un café, lo cual suena razonable hasta que te sientas y te das cuenta de que la quietud también pasa factura. No en drama, sino en ese runrún de fondo: 450 euros, seis semanas de recortes, la última sangría hace 6 días, y yo aquí pidiendo un café americano que no estaba especialmente bueno. El camarero lo ha dejado en la mesa sin mirarme y ha vuelto hacia la barra con la misma indiferencia con la que uno cierra una ventana.
A mi izquierda había una señora con dos bolsas de mercado y un niño que no paraba de señalar hacia la catedral. Ella le decía algo que no he entendido bien pero que sonaba a «ahora no», que es una frase que entiendo en cualquier idioma. Frente a mí, un hombre barría el pasillo central con una escoba de plástico rojo desflecada por el uso, con el movimiento rítmico de quien lleva haciéndolo tres horas. Eso sí me ha parecido honesto. El ritmo de esa escoba contra el suelo de piedra, sin prisa pero sin pausa.
He pensado, no sé por qué, en la playa de casa en verano. No en esta playa, que no he visto todavía porque el taxi entró de noche y el barrio donde estoy no da al mar. En la otra playa, la de siempre, donde el calor huele diferente y hay una lógica en quedarse tumbado que aquí todavía no he encontrado. Acapulco tiene fama de playa y yo llevo horas en una plaza de interior mirando cómo barre un señor. Algo no cuadra, pero tampoco voy a correr.
La decisión ha sido no moverme. Eso es lo que he hecho esta mañana: no moverme. He cogido el segundo café (más barato, de otro sitio, uno de esos vasos de plástico que te da una señora desde detrás de una mesa plegable) y me he sentado en el banco de piedra del lado este, el que tiene sombra a esa hora, hasta que la sombra se ha movido y ya no la tenía. Consecuencia inmediata: sudar. Consecuencia mayor: que me he quedado de todas formas, porque levantarse requería saber adónde ir, y hoy no tenía esa respuesta.
La mochila seguía entre mis pies. La plaza seguía funcionando. Nadie me ha pedido nada ni me ha ofrecido nada que no fuera ese segundo café, y eso, viniendo de las últimas semanas, me ha parecido casi un lujo.
Imprescindible en Acapulco, México
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