Acapulco a las seis y cuarto de la mañana huele a aceite de motor y a algo dulce que no sé identificar, quizás fruta podrida, quizás flores, quizás los dos a la vez. He aterrizado con la oscuridad todavía encima y he cogido un taxi cuyo retrovisor colgaba de un cable pelado, sin espejo, solo el cable, y el conductor no ha dicho nada sobre eso ni yo tampoco. Puerto Vallarta ha quedado atrás esta madrugada. Ahora estoy aquí, en una ciudad que conozco por titulares que no me gustaba leer, arrastrando la maleta por la Costera Miguel Alemán antes de que el sol decida si de verdad va a salir o solo va a fingir.
La primera cosa concreta que he hecho en Acapulco ha sido meterme en una capilla pequeña encajada entre una tienda de artículos de playa y un local de comida que todavía estaba cerrado. No la he buscado. He visto la puerta entreabierta, luz adentro, y he entrado porque llevaba tres horas sin sentarme en ningún sitio que no fuera un asiento de avión o el banco trasero de ese taxi sin retrovisor. Había cuatro personas sentadas en los bancos de madera, cada una mirando el altar por razones que no me incumben, y luz entrando por una ventana lateral que no tenía cristal, solo la abertura, lo cual hacía que el ambiente fuera menos quieto de lo que uno esperaría: de vez en cuando entraba un golpe de brisa que movía la llama de alguna vela. He estado unos diez minutos. Nadie me ha mirado. Me ha parecido bien.
La Costera de día es otra cosa, y no necesariamente mejor. Es un bulevar que lleva décadas prometiendo algo y lleva décadas a medio cumplir: hoteles de fachada brillante con el aparcamiento vacío, restaurantes con menús plastificados colgados en el exterior donde los precios están en dólares aunque estamos en México, vendedores de excursiones en catamarán que repiten su frase a todo el que pasa sin mirarlo a la cara primero. He anotado mentalmente tres precios de cosas que no he comprado, que es mi forma de medir si un sitio me va a resultar caro o muy caro. La conclusión ha sido: muy caro si uno se deja llevar, tolerable si uno decide rápido lo que no va a hacer. Con lo que me queda de presupuesto después de las últimas semanas, decidir rápido lo que no voy a hacer es casi una habilidad.
Lo que la Costera sí tiene, y esto me ha tomado por sorpresa porque los titulares no lo mencionan, es una cierta energía de supervivencia que no resulta deprimente, o al menos no siempre. La tienda de artículos de playa junto a la capilla vendía chanclas de goma a precio razonable y el señor que las colocaba en el expositor exterior las ordenaba por color con una meticulosidad que me ha parecido fuera de lugar, casi emocionante, como si el orden de las chanclas fuera lo único que tenía sentido mantener ordenado en todo el bulevar.
He pasado la tarde leyendo en una terraza con vistas al Pacífico, o intentándolo, porque a las cinco ha llegado un grupo de turistas con un altavoz portátil que emitía reggaetón a un volumen que no dejaba leer sino solo existir. Me he levantado. He caminado hasta el malecón propiamente dicho y he esperado el atardecer de pie, con el sol cayendo sobre la bahía de una forma que era objetivamente notable, el color del agua pasando de verde turbio a algo más cercano al cobre, la bahía cerrándose en los dos brazos de tierra que la abrazan. A estas horas me levanto yo normalmente, no me acuesto. Esta vida tiene sus paradojas. El cielo se ha puesto naranja y luego rojo y luego un color sin nombre exacto, y las velas de la capilla, supongo, seguían sin encenderse solas.
Imprescindible en Acapulco, México
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