El agua de la Laguna del Coapinole tiene ese color entre verde y negro que da un poco de mal cuerpo si uno no sabe que es normal en los manglares: no sucia, simplemente oscura, quieta, llena de raíces retorcidas que entran al agua desde abajo como si el barro las estuviera tragando despacio. He llegado aquí antes de las nueve porque a esta hora la luz entra sesgada entre el follaje y todavía no hace el calor que aplasta, y porque venía arrastrando la escena del malecón de ayer y necesitaba algo que no tuviera opinión sobre mí.

Lo de ayer sigue rondando. Cinco intentos, cinco. El primero salió movido porque no sujeté bien el móvil, el segundo porque uno de ellos se giró en el momento exacto, el tercero porque empezaron a reírse entre ellos y nadie miraba a la cámara, el cuarto porque pasó un perro y el quinto porque yo mismo di la orden de «ya» cuando la luz de un coche cruzó por detrás. Al final salió algo aceptable y se fueron corriendo sin mirar el resultado. No sé si lo publicaron. No sé si yo quería saberlo. Lo que sé es que hoy me apetecía un sitio sin instrucciones y sin nadie esperando que yo hiciera algo.

La laguna cumple. Hay una garza parada en una raíz a cuatro metros de donde me he sentado, inmóvil como esas figuras de plástico que ponen en los jardines. La he observado unos diez minutos y no ha parpadeado una sola vez, o al menos yo no lo he pillado. Luego ha aparecido otra en el extremo opuesto, y después dos más cerca del carrizal, y finalmente una quinta que ha aterrizado directamente encima de las otras con esa elegancia torpe que tienen cuando no planean bien la maniobra. Cinco garzas. El único número de la mañana que tiene sentido.

El otro número que tengo en la cabeza no tiene tanta gracia. Cuatrocientos cincuenta euros, más o menos, con los que tengo que gestionar lo que queda de estancia aquí y los pasos que vengan después. Por eso estoy en una laguna de acceso libre en el barrio de Pitillal en lugar de en cualquier otro sitio que costara algo. No lo digo con amargura, lo digo como una constatación: el aire libre en este municipio es, objetivamente, lo más razonable que me puedo permitir ahora mismo, y resulta que encima funciona. El problema es que la ecuación de si seguir aquí o moverme tiene variables que la laguna no resuelve por mucho que me quede mirando el agua.

El olor es intenso, mezcla de tierra húmeda, algo vagamente salado aunque el agua sea dulce, y una nota difícil de definir que huele a proceso biológico intenso. No desagradable. Definitivamente no el tipo de cosa que le venderías a nadie como «brisa caribeña». El manglar hace lo que hace sin preocuparse por el marketing, y eso le da cierta dignidad.

Una de las garzas ha decidido moverse. Ha caminado dos pasos sobre la raíz con una calma que yo solo tengo cuando estoy dormido, ha mirado al agua, y nada. No ha pescado nada. Ha vuelto a quedarse quieta. Entiendo perfectamente esa energía.

Me quedaré un rato más. El cálculo de si Puerto Vallarta sigue siendo la respuesta correcta puede esperar hasta que la sombra del mangle que tengo encima se mueva lo suficiente como para que me dé el sol en la cara. Que todavía no.

Imprescindible en Puerto Vallarta, México

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