«¿Me grabas un momento?», dijo el más alto de los tres, tendiéndome el móvil como si acabáramos de hablar siempre. Yo estaba parado delante del Mural Ballena, ese animal gigante pintado sobre la pared del malecón que lleva tiempo resistiendo la brisa salada y la acumulación de gente con sombreros de palma que se planta enfrente para hacerse selfies. El muchacho no esperó respuesta. Me puso el teléfono en la mano y fue con sus amigos a ponerse en posición.

El mural es grande, lo admito, y los colores aguantan bien el sol de octubre. Azules y blancos bastante decentes para ser pintura sobre hormigón al aire libre. Pero hay algo en su colocación que me resulta demasiado calculado: está justo donde los vendedores de artesanía montan sus puestos cada mañana, con sombreros apilados a metro y medio de la cola de la ballena, y al fondo el Pacífico haciendo lo suyo, completamente indiferente a la escena. El conjunto tiene ese aire de espacio diseñado para que la gente saque fotos sin pensar demasiado. No es feo. Es eficiente.

Los adolescentes no estaban de acuerdo en nada. En el primer intento, uno se movió. En el segundo, dos se rieron antes de que dijera «tres». En el tercero, el más bajo se distrajo mirando algo detrás de mí. Les indiqué que se pusieran más a la izquierda porque la sombra de un toldo les caía encima y los dejaba mal. Me miraron como si acabara de hablar en neerlandés, que es una reacción que conozco bien porque me pasa a mí cuando lo uso en sitios donde nadie lo espera. Les repetí lo de la sombra en un castellano más despacio y entonces sí se movieron. Cuarto intento: aceptable pero el del centro puso cara rara. Quinto intento: bien. Les devolví el móvil. Dijeron «gracias profe» y desaparecieron hacia la zona de los tacos sin mirar el resultado.

Estuve un rato más junto al mural sin saber muy bien qué estaba buscando. Los puestos de artesanía tienen precios que no están pensados para alguien que lleva ya una temporada larga estirando cada semana lo que queda. Lo miro, lo veo, lo dejo estar.

Por la tarde me fui a Pitillal, que es donde debería haber empezado el día. Cogí un autobús urbano que tarda en llegar pero cuesta una fracción de lo que cobran los taxis del malecón. La Calle Ecuador tiene otra textura: talleres mecánicos, una papelería con letrero pintado a mano, una señora vendiendo tamales desde una cubeta de plástico con una servilleta encima. Y paredes con murales que nadie ha encargado oficialmente a nadie. Uno de ellos, sobre el lateral de una ferretería, tiene una figura con los brazos abiertos que alguien ha pintado sin que le quede bien la perspectiva del brazo derecho, y precisamente por eso se queda grabada. No tiene cartel explicativo, no tiene código QR, no hay nadie cobrándo la foto.

Comí en una taquería donde el menú estaba escrito con rotulador sobre una pizarra de plástico y donde nadie me miró con ese cansancio amable con el que algunos restaurantes del centro miran a los extranjeros que piden precio antes de sentarse. El precio era exactamente lo que esperaba. La salsa verde, mejor de lo que merecía el sitio.

En algún momento de la tarde me acordé de que el catalán también tiene este problema: hablas con fluidez y la gente igual te responde en castellano porque asume que el otro idioma les resulta más cómodo para ti. La pizarra de la taquería decía solo lo que decía, sin suponer nada de nadie.

La ballena seguía en el malecón cuando volví por el paseo al caer la tarde, grande y quieta sobre el hormigón, con los sombreros de palma todavía apilados a su lado.

Imprescindible en Puerto Vallarta, México

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