Esa es la pregunta que me llevo dando vueltas desde anteayer, cuando me llegó otro cargo que no esperaba y el saldo cayó donde ahora está: cuatrocientos cincuenta euros, más o menos, que en Puerto Vallarta dan para poco si uno no vigila. La pregunta no es retórica. Es una columna de números que repaso cada mañana antes de levantarme de la cama, y hoy ha salido más o menos como siempre, sin resolución, con el mismo resultado de que seguir aquí un día más cuesta lo que cuesta y ya.

Así que he cogido el autobús hasta Las Juntas y he entrado al Parque Estatal Estero el Salado con lo que prácticamente no costaba nada: las piernas y algo de tiempo. El estero no es lo que uno imaginaría si le dijese "reserva natural en Puerto Vallarta". No hay arena blanca, no hay puestos de coco, no hay nadie ofreciéndote una excursión. Hay una pasarela de madera sobre agua entre verdosa y marrón, raíces de mangle asomando por los lados como dedos artríticos, y un silencio bastante peculiar para una ciudad que a doscientos metros tiene tráfico y música de fondo permanente. El tablón bajo mis pies crujía en los puntos donde alguien había clavado mal y el peso redistribuía el ruido. Lo he pisado con más cuidado de lo necesario, porque el sonido me molestaba y porque hay algo ligeramente ridículo en romper la poca quietud que tiene este sitio por no saber dónde pisas.

Los pájaros son la razón oficial de estar aquí y la razón real también, que no siempre coinciden. He visto garzas blancas paradas en las raíces con esa inmovilidad suya que parece calculada, una espátula rosada que ha pasado volando cerca sin detenerse, y algo más pequeño y pardo que no he podido identificar porque el folleto que dan en la entrada tiene las ilustraciones muy pequeñas y la luz hoy tampoco ayudaba, cielo encapotado, sin que lloviese pero sin que aclarase tampoco. Un señor con prismáticos Nikon enormes, de esos que pesan más de un kilo, me ha dicho sin que yo preguntase que las aves migratorias del norte empiezan a llegar ahora, en octubre, y que si vengo a primera hora hay más movimiento. «A las siete», ha dicho. Yo he asentido como si fuese a madrugar para eso.

Lo que tiene el estero, y que no esperaba, es la sensación de estar en un Puerto Vallarta que la industria del turismo ha decidido no vender demasiado. No hay nada aquí que quepa en una foto de portada: el agua no es turquesa, los manglares no tienen la elegancia fotogénica de una palmera, y la pasarela tiene algunos tramos con el cartel de "en mantenimiento" que llevan ahí probablemente más tiempo del que debería. Y sin embargo el parque funciona, está limpio, hay un trabajador barriendo hojas secas en la entrada con una escoba de palma que chirriaba contra el hormigón, y la gente que viene aquí viene de verdad, no de paso. Eso tiene un valor que no sé cuantificar pero que noto.

Me he sentado un rato en el muelle de madera donde la pasarela se ensancha un poco y he mirado el agua quieta. Los manglares desde ahí crean una pared densa, verde oscuro, casi negra en la sombra. He pensado, sin querer pensarlo exactamente, en las playas de casa en agosto: el alboroto, el olor a crema solar, la comida comida juntos sobre una toalla, el ruido que tiene la gente cuando está a gusto. El estero no tiene nada de eso. Tiene otro tipo de quietud, más áspera, menos celebratoria.

Cuatrocientos cincuenta. El número sigue ahí. Mañana también.

Imprescindible en Puerto Vallarta, México

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