Hay una tortillería en Basilio Badillo que lleva funcionando, supongo, desde antes de que esto fuera un barrio conocido por nadie que viajara desde fuera. No tiene rótulo grande ni web en Google Maps. Tiene un toldo de plástico verde descolorido y una señora que despacha sin mirarte, lo cual me parece una virtud. He pasado por delante tres veces esta mañana por la sola razón de que tengo cuatrocientos cincuenta euros y no sé muy bien qué hacer con esa cifra, que suena a más de lo que es cuando tienes que estirarlo sin saber cuánto tiempo.

El cruce con Olas Altas funciona como un embudo a determinadas horas. Motos aparcadas en la acera, en doble fila, sin ninguna lógica aparente salvo la de la costumbre. La farmacia de la esquina tiene la persiana a medio bajar y un cartel adhesivo que anuncia el precio del ibuprofeno, que aquí cuesta una fracción de lo que cuesta en Europa, dato que anoto mentalmente con la frialdad de quien lleva demasiados días mirando precios como si fuera una ocupación.

Me he sentado en De Cantaro porque era la opción más barata de las dos que tenía delante, lo cual dice bastante sobre el estado de mi toma de decisiones este mes. Al otro lado de la calle está La Dolce Vita, con su carta escrita en papel grueso y sus mesas de madera con velas aunque sea mediodía, orientada a un cliente que no soy yo y que probablemente paga el doble por el mismo café con distinto menaje. No tengo nada en contra de eso: cada cual gasta su dinero como considera. Pero me llama la atención que las dos estén en la misma acera, a cuarenta metros la una de la otra, y que los clientes de una y los de la otra no crucen nunca hacia el lado contrario. Hay una frontera invisible que funciona sin letreros.

Desde la silla de De Cantaro se ve pasar todo lo que pasa en este tramo: una mujer con una bolsa de mandado que pesa más de lo que debería, dos chicos con mochila de neopreno que llevan mapa en papel (mapa en papel, en 2026, con perfecta confianza en sí mismos), un señor mayor que aparca su moto encima de la acera con un movimiento tan ensayado que el motor ni acaba de apagarse cuando ya está de pie. El turismo y el barrio conviven aquí sin fusionarse, que es diferente a coexistir en paz.

El café estaba bien. No como dicen, o más bien no como dicen sobre el café en general cuando alguien quiere recomendar un sitio sin comprometerse con nada concreto. Estaba correcto, caliente, sin sorpresas, lo cual a estas alturas me parece suficiente.

Ayer me salió otro gasto que no esperaba, el cuarto o quinto en poco más de tres semanas si cuento bien, y no quiero contarlos todos porque hacerlo no mejora el saldo. Lo que sí noto es que cuando el dinero se va estrechando el campo visual se achica de una manera involuntaria: empiezo a ver los precios antes que los edificios, a calcular antes de sentarme, a rechazar cosas no porque no las quiera sino porque el umbral de lo que parece razonable se desplaza solo. Esta mañana he pasado de largo por un puesto de aguas frescas de tamarindo porque costaba veinte pesos más de lo que costaba ayer el mismo puesto dos calles más abajo. Veinte pesos son unos céntimos. Aun así.

Las motos siguen aparcadas. Alguien ha añadido una más al montón, un modelo viejo con el espejo retrovisor sujeto con cinta americana. La tortillería tiene cola ahora, cinco personas, ninguna mirando el móvil. En algún punto de esta calle está el barrio real y en otro el barrio que vende la idea del barrio real, y la frontera tampoco lleva letrero.

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