La Parroquia Nuestra Señora del Refugio lleva cerrada desde antes de las nueve y cuarto. Lo sé porque llevo veinte minutos sentado en el banco del lateral izquierdo de la Plaza Hidalgo, mirando la puerta de madera como si fuera a abrirse por voluntad propia. Un señor con sombrero de paja pasa cada cierto tiempo frente a mí, empujando un carrito de mangos con chile, y ya me ha mirado tres veces con esa expresión que significa «¿tú no tienes nada que hacer?». La respuesta honesta es no, por ahora.
Ayer en el malecón me convirtieron en fotógrafo oficial de una familia entera sin preguntarme. Les hice la foto, se fueron contentos y a mí me quedaron cinco minutos de cabreo de los que tampoco me puedo quejar mucho. Eso ya pasó. Hoy traía la intención de llegar temprano a la iglesia para ver la misa de los miércoles, que según una mujer del kiosco de al lado empieza «a las nueve, más o menos, depende del padre». Aquí está el problema con «más o menos, depende del padre»: que a las nueve y cuarenta y dos el padre todavía no ha aparecido, la puerta sigue cerrada y el calor ya empieza a ser un argumento en contra de quedarse quieto.
Me quedo quieto igualmente. No por disciplina, sino porque en cuanto me levanto del banco el vendedor del carrito me va a preguntar si quiero mango y no voy a poder decir que no, y yo estoy calculando cada gasto con una atención que hace unas semanas no tenía.
Lo que me entretiene mientras espero son los puestos que van montándose en el perímetro de la plaza. Una mujer coloca bolsas de plástico llenas de hierba seca encima de una mesa plegable, las ordena con una concentración que me parece desproporcionada para lo que está haciendo, y luego saca una libretita y anota algo. No sé qué anota. El puesto de al lado vende jugos de caña y tamarindo y huele tan bien que me acerco, pido el de tamarindo sin pensar mucho, y cuando me lo dan en vaso de unicel con una pajita de esas enrolladas en papel le doy el primer sorbo y es demasiado dulce para mi gusto, lo cual es un problema porque ya he pagado y no pienso desperdiciarlo.
A las diez y dieciséis la puerta de la Parroquia se abre. No aparece ningún padre; salen dos señoras con bolso que ya estaban dentro, lo cual significa que había una entrada lateral que yo ni había visto. Entro. La nave tiene ese silencio espeso que no depende del turismo sino de la costumbre, de gente que lleva décadas sentándose en el mismo banco, y eso se nota en el desgaste irregular de los reclinatorios. En la parte delantera, cerca del altar, una vela lleva encendida mucho más tiempo que yo mirando la puerta. No es especialmente bonita la iglesia, es funcional y un poco oscura y tiene un olor a madera vieja mezclado con algo parecido a incienso barato, y eso está bien, tampoco busco la estampa perfecta.
Salgo cuando entra el tercer grupo de turistas con cámara. Fuera, el sol ya está alto y la plaza se ha llenado de un modo diferente al de antes: más ruido, más gorras, alguien ofrece excursiones en el centro de la plaza con un letrero plastificado. El vendedor del carrito de mango me mira otra vez. Esta vez le compro.
El mango no tiene chile suficiente, pero el limón lo salva.
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