Llevaba el móvil en la mano desde hacía un buen rato sin saber muy bien qué hacer con él, que es algo que me pasa cuando tengo demasiado tiempo y demasiado poco dinero para gastarlo, y en ese estado de suspensión a medias me planté frente al malecón con la intención vaga de sacar algo decente antes de volver a meterme por las calles de Olas Altas. Entonces un señor de unos sesenta años, bermudas y sombrero de palma, se colocó directamente detrás de mí. Luego su mujer. Luego lo que parecía un hijo adulto, una cuñada y dos niños que no paraban de moverse. Nadie me preguntó nada. Simplemente se pusieron ahí, en formación, mirando hacia donde yo miraba. Tardé unos diez segundos en entender lo que estaba pasando y otros diez en decidir si corregirles o seguir el juego. Les hice la foto. Cuatro, con distintos encuadres. El señor del sombrero me dijo «muy bien» con la autoridad de alguien que lleva décadas evaluando servicios, y se fueron.
Así que volví a las callejuelas con el mismo móvil en la mano y sin nada concreto que hacer con él.
Lo que me gusta de esta parte del barrio, y que no esperaba cuando llegué hace unos días todavía despistado por el cambio de altitud y de temperatura, es que las tiendas no son las tiendas del malecón. Aquí hay una ferretería con la puerta entornada que huele a WD-40 y a madera recién cortada, una papelería que vende blocs de dibujo y sellos de caucho y nada más, y una señora que tiene una mesa plegable en la acera con tres tipos distintos de chile en polvo en bolsas de plástico selladas con celo. No puse letrero, no tenía báscula. Me paré a mirar sin comprar porque con quinientos pesos y lo que queda de mes no es momento de improvisar gastos, aunque una bolsa de chile no arruina a nadie. Me paré porque hay algo honesto en una mesa plegable que no intenta venderte experiencias.
Las fachadas aquí tienen esa mezcla de ocre y crema que uno ve en fotos y piensa que es un filtro, pero no, es la pintura real descascarada por la humedad y el sol, y debajo asoma el ladrillo o algo que parece ladrillo. Los balcones tienen plantas, casi todos, y en algunos hay ropa tendida junto a la planta, lo cual me parece perfectamente razonable y que a nadie debería molestarle. Subí una cuesta bastante pronunciada, el empedrado irregular, concentrándome en no doblarme un tobillo, y desde arriba se veía el mar entre dos edificios. Se oye antes de que aparezca, ese ruido sordo y constante que después uno deja de escuchar porque se convierte en fondo.
Un hombre que salía de un portal con una bolsa de basura me miró de esa forma que miran los vecinos cuando ven a alguien parado sin razón aparente frente a su edificio. No fue hostil, fue evaluador. Le dije «buenas» y él dijo «buenas» y siguió hacia el contenedor. Eso fue todo. A veces me pregunto si llevo demasiados días en un sitio cuando los vecinos ya no me miran con curiosidad sino con la indiferencia ligeramente irritada que reservan para el fontanero que tarda.
La sobremesa que más me gusta es la que no tenía prevista, la que ocurre porque nadie tiene prisa y la conversación no va a ningún lado concreto y eso está bien. Aquí no hay sobremesa posible hoy, solo la versión callejera de lo mismo: no ir a ningún sitio a propósito, que tampoco es lo mismo que no ir a ningún sitio.
Hay una pensión en la calle de más arriba que tiene una silla de plástico verde en la entrada y nada más. No sé si es decoración o si alguien se sienta ahí a esperar algo. Llevo dos veces pasando por delante sin verla ocupada.
Imprescindible en Puerto Vallarta, México
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