Puerto Vallarta ha quedado atrás en el primer vuelo de la mañana, no, espera: Puerto Vallarta es donde estoy ahora, recién llegado, con la maleta todavía sin abrir en la habitación. Chihuahua ha quedado atrás. Y lo que me ha quedado de ayer, aparte del cansancio lógico de madrugar, es esa conversación con la creadora de contenido que me dijo, con una convicción que me molestó un poco por lo directa, que si no publico al menos una vez al día nunca voy a llegar a los cinco mil seguidores. Lo llevo encima como se lleva una piedra en el zapato: no duele de verdad, pero ahí está.

He bajado al Malecón por la tarde, entre Olas Altas y Febronio Uribe, con el teléfono en la mano y sin saber bien si lo llevaba para documentar o para distraerme de hacerlo. El paseo tiene esa textura de sitio público que no ha sido diseñado para impresionar a nadie en particular: adoquines irregulares, manchas de salitre en algunas baldosas, un carrito de elotes instalado como si llevara ahí desde siempre junto a una farola que ya no enciende. La gente pasa sin urgencia. El Pacífico está al fondo, plateado y espeso a esta hora.

Las esculturas son lo primero que te llama. No porque sean grandes, sino porque hay demasiadas en un tramo corto y cada una parece pertenecer a una conversación distinta. La Rotonda del Mar es la que más me ha costado entender: un círculo de figuras que se miran entre sí o miran al mar, no lo tengo claro, y cuya disposición sugiere algo ritual que no termina de explicarse. Nostalgia, en cambio, es exactamente lo que el nombre promete, una figura sentada que mira hacia algún punto que no existe, y eso me ha parecido un poco perezoso como propuesta, aunque tampoco soy quién para exigir originalidad a una escultura de paseo marítimo. Tritón y Sirena tienen algo más de energía, una tensión en la pose que la mayoría de la gente pasa ignorando mientras se para a hacerse la foto de rigor.

Aquí es donde la piedra del zapato ha vuelto a aparecer: he abierto la cámara, he encuadrado a Tritón y Sirena con el mar detrás, y me he quedado parado ahí un momento sin disparar. El problema no era la luz, que era buena, sino que sabía exactamente qué foto estaba a punto de hacer y para qué: para el algoritmo, para la cadencia diaria que me recomendó ayer esa chica cuyo consejo no había pedido. Hay una diferencia entre hacer una foto porque algo te interesa y hacer una foto porque toca hacerla, y en ese momento estaba claramente en el segundo caso. He guardado el teléfono.

En Busca de la Razón, que está más hacia Febronio Uribe, es la que más me ha retenido sin que sepa bien por qué. Una figura que se estira hacia arriba con una geometría que no es exactamente orgánica, instalada en un pedestal que le queda grande, y a su alrededor dos vendedores ambulantes colocados con esa precisión inconsciente que tiene la gente que sabe exactamente cuánto espacio ocupa en un sitio. Uno vendía cucuruchos de cacahuetes. El otro, no sé qué, porque en cuanto me ha visto mirar ha girado el carrito ligeramente hacia otro lado, un gesto que he entendido como que no le apetecía que le fotografiaran.

Eriza-Dos, al final del tramo, son dos erizos de mar enormes hechos con varillas de metal, y la verdad es que funcionan mejor de cerca que desde lejos, porque de lejos parecen simplemente raros y de cerca la estructura tiene una lógica que te entretiene un momento.

Me he quedado sentado en el borde del paseo hasta que la luz ha empezado a cambiar. El teléfono ha vibrado tres veces. No lo he mirado.

Imprescindible en Puerto Vallarta, México

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