«¿Estás grabando el agua o esperando a que haga algo?», me ha dicho sin preámbulos, plantado a dos metros con una bolsa de plástico llena de lo que luego he visto que eran piezas de anzuelo, tuercas viejas y una botella de refresco a medias. No he sabido qué responder durante un segundo, que en estas situaciones parece mucho más largo de lo que es.

La Presa Chuvíscar tiene esa cualidad incómoda de los lugares que no terminan de ser una cosa ni la otra: ni parque de verdad, ni infraestructura pura, sino algo intermedio que los chihuahuenses usan con pragmatismo sin ponerse a debatirlo. El agua estaba quieta esta mañana, sin casi movimiento, reflejando una luz blanca y plana que no favorecía ni fotografía ni estado de ánimo. El malecón huele a tierra mojada mezclada con algo metálico que no sé si viene del fondo del embalse o del hormigón del dique. Me he sentado en el borde del pretil y he mirado la línea horizontal del agua durante bastante tiempo antes de que apareciera el del anzuelo.

Resultó ser, o así lo explicó ella después de que el hombre se alejara sin esperar respuesta, una creadora de contenido. Había estado grabando desde el lado opuesto del embalse y nos hemos puesto a hablar, primero del hombre, después del agua, después, inevitablemente, de qué hacía yo allí con el móvil en la mano. Le he explicado lo del blog, los números, que llevo publicando más de ciento cincuenta entradas y que los seguidores crecen con la lentitud específica de los cactus en invierno. Se ha reído, no con condescendencia sino con el reconocimiento de quien ha estado exactamente en ese mismo punto muerto. «Chihuahua no aparece en los algoritmos de nadie», ha dicho, «tienes que forzar tú la aparición.» Me ha dado tres ideas concretas, ninguna de las cuales voy a aplicar exactamente como las ha descrito pero dos de las cuales me han hecho pensar que quizá estoy gestionando mal la cadencia de publicación en redes.

Cinco mil seguidores entre Instagram y X: lo he anotado como meta hace semanas y desde entonces lo miro con la misma mezcla de convicción e incredulidad con la que se mira un billete de lotería que todavía no ha caído. No es una cifra absurda pero tampoco es inminente, y hay días, como cuando he pasado el mes pasado por tres gastos imprevistos seguidos en catorce días, en que la perspectiva de financiar este viaje solo con el tráfico del blog parece una apuesta bastante generosa contra uno mismo.

Después de la presa me he ido a Mariscos La Costa, en la Colonia Santo Niño, que llevo días mirando en el mapa y que al final no defrauda aunque el servicio tiene esa lentitud de domingo que no es desidia sino más bien el ritmo que tiene el lugar cuando no hay prisa colectiva. He pedido un ceviche y algo de beber y he repasado las notas del móvil mientras esperaba. La chica del embalse tenía razón en una cosa: publico con consistencia pero no con estrategia, y son cosas distintas aunque a veces parezca que no.

El agua de la presa no hacía nada mientras yo estaba allí, lo cual es exactamente lo que hace el agua contenida, estar, aguantar, no ir a ninguna parte. No sé si eso es un paralelismo útil o simplemente el tipo de pensamiento que surge cuando uno se sienta demasiado rato en un malecón de hormigón mirando una superficie plana. Probablemente lo segundo.

Imprescindible en Chihuahua, México

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