¿Cuánto tiempo se tarda en entender que uno a veces necesita no ir a ningún sitio concreto? Ayer perdí veinte minutos siguiendo las indicaciones de un señor que me explicaba, con una paciencia que no era generosidad sino necesidad de hablar, cómo llegar a un sitio al que yo ya había estado. No supe cómo cortarle. Hoy he decidido que eso no vuelve a ocurrir: sitio fijo, nadie a quien seguir, nadie a quien escuchar.

Casa Creel está en el Paseo Simón Bolívar y es una de esas casas que uno pasa por delante dos veces antes de entender que merece pararse. No porque sea imponente en el sentido de abrumar, sino porque sus detalles requieren cierta proximidad que la gente no suele conceder. Me he acercado a la fachada más de lo que probablemente se espera de un visitante normal, hasta tener la nariz a veinte centímetros de la piedra, mirando cómo el relieve del trabajo tallado proyecta una sombra muy fina con la luz de media mañana. La textura es rugosa, irregular, con pequeñas cavidades donde el tiempo ha ido dejando algo parecido al polvo consolidado. La reja de hierro forjado junto a uno de los vanos tiene una curva en el remate superior que no encaja del todo con la simetría del conjunto, como si quien la instaló hubiera tenido que improvisar en el último momento, o como si simplemente no le hubiera importado demasiado la simetría, lo cual me parece una postura razonable.

El problema ha venido cuando he intentado pagar la entrada con el móvil. El terminal no respondía. El mío tampoco cargaba la aplicación del banco, que se había quedado congelada en una pantalla en blanco desde que he intentado abrirla por primera vez esta mañana. He estado cinco minutos de pie frente a una señora que esperaba con una expresión de neutralidad absoluta mientras yo reiniciaba el teléfono, abría y cerraba la aplicación, y finalmente rebuscaba en el bolsillo trasero del pantalón la tarjeta física, que por suerte llevaba. No ha sido un drama. Ha sido molesto de esa manera específica que tienen las cosas que fallan cuando uno ya está convencido de que el día iba a ser sencillo.

Dentro he dedicado más tiempo del que tenía previsto a los techos. No sé si es una rareza mía o si hay más gente que mira hacia arriba en los edificios históricos, pero los techos de Casa Creel tienen una proporción que las fotos no capturan bien, esa distancia entre el suelo y la viga que hace que el sonido circule de una manera distinta, más hueco, como si uno hablara dentro de una caja de madera. He estado un rato en un pasillo interior sin hacer nada en particular, simplemente notando ese sonido y el olor a madera vieja y a algo que podría ser barniz o podría ser simplemente el olor que tienen los edificios que llevan mucho tiempo siendo edificios.

De vuelta hacia el centro he pasado por la estatua de Pancho Villa en la Avenida Universidad. Es grande, como corresponde a una estatua de Pancho Villa, y está colocada en un ángulo que obliga al transeúnte a mirarla un poco de abajo a arriba. No tengo opinión formada sobre si eso es eficaz o efectista. Un niño de unos siete años le estaba señalando y explicándole algo a su madre con una seriedad considerable. La madre asentía con la misma seriedad. Me ha parecido bien.

Lo que me ha quedado del día, si es que algo queda de manera tangible, es esa curva del hierro forjado que no terminaba de encajar. He pensado en ella dos veces más mientras volvía a pie. No sé si tiene algún significado o si simplemente es un error de instalación de hace ciento y pico años. Pero sigue ahí, que es bastante más de lo que puede decirse de muchas cosas que sí se hicieron bien.

Imprescindible en Chihuahua, México

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