«No, no, no. Por ahí no se va. Escuche, escuche», me dijo el hombre, agarrándome del brazo con una firmeza que no esperaba de alguien con ese aspecto de abuelo de película. Llevaba un sombrero de ala ancha, los zapatos limpísimos, y una voluntad de explicarme el mundo que no había manera de frenar. Yo iba hacia el Santuario de Guadalupe. Él me explicó, durante exactamente doce minutos, el camino correcto hacia un sitio al que yo tampoco iba.

El resultado fue un rodeo de veinte minutos por calles de Chihuahua que no tenía previsto recorrer, con el sol ya cayendo de plano sobre la acera y el hombre haciéndome señas desde la esquina para asegurarse de que no me perdía en la dirección equivocada. Llegué al Santuario con calor, tarde, y una ligera irritación que no sé bien con quién dirigir, porque el viejo era perfectamente amable.

La fachada del Santuario es de un blanco que casi duele mirarlo cuando da el sol así. Hay un mercado en la calle de al lado, gente pasando, coches aparcados sin demasiado orden, y la sensación de que el edificio lleva décadas esperando a que alguien le haga caso sin fotografiarlo primero. Me senté en un banco de piedra fuera. No entré. No tenía ganas de entrar, y sentarme me pareció suficiente excusa para quedarme parado pensando en lo que llevaba dando vueltas en la cabeza desde ayer.

El hombre del dinero. Ayer, en algún sitio que prefiero no volver a frecuentar, alguien con el reloj equivocado para estar en ese barrio me ofreció financiar lo que queda del viaje a cambio de que le mantuviese informado. «Informes periódicos», dijo. «Nada complicado.» Hay palabras que suenan razonables y aun así te generan el mismo instinto que cuando en el colegio alguien te dice que le dejes copiar el examen porque total, a ti no te cuesta nada.

Me pasé sentado en ese banco más tiempo del que pretendía, que es quizá lo que hacen los bancos de piedra frente a las iglesias: te retienen. Fui pensando en los últimos meses, en todo lo que se ha ido torciendo desde hace más de un mes, las pérdidas una detrás de otra, y en que ahora mismo tengo lo que tengo y no mucho más. Eso es un hecho. Y también es un hecho que aceptar dinero de alguien que quiere saber qué cuento y cómo lo cuento no es financiación, es otra cosa con un nombre distinto.

En Valencia, cuando era pequeño, en agosto, había una cosa que mi familia hacía sin necesidad de discutirla: te sentabas a comer, comías, y nadie miraba el reloj. La comida era la misma semana tras semana y nadie pedía variación. Había algo liberador en eso, en que la estructura estuviese tan clara que no había que negociarla. Eché de menos eso sentado ahí, sin saber exactamente por qué, mientras una mujer mayor salía del Santuario con una bolsa de tela estampada y se ajustaba el pañuelo como si tuviese prisa pero en realidad no la tuviese.

Le mandé un mensaje. Corto, sin explicaciones largas porque no se las debo: que no, gracias. El móvil se quedó un rato sin respuesta y luego llegó un «entendido» con un punto al final que podría interpretarse de muchas maneras. No lo interpreté. Lo cerré.

El anciano del rodeo tenía razón en una cosa: por donde yo iba sí que hay una bajada bastante desagradable con ese calor.

Imprescindible en Chihuahua, México

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