Hay piedras en el Cerro El Coronel que reflejan el calor de una forma casi ofensiva. A mediodía la roca rojiza funciona como una plancha encendida y el scrub ralo que sube por la ladera no hace absolutamente nada por el asunto. Subí por el sendero más obvio porque era el que estaba delante, no por ningún criterio, y llegué a un punto medio donde hay una especie de explanada pedregosa desde la que se ve la cuadrícula de la ciudad abajo, ordenada y blanca y totalmente ajena a este calor de fragua.

Me quedé ahí. La razón concreta: no había otro sitio al que ir que no costase dinero. El cerro es gratis. Eso no es misticismo ni elección consciente de vivir despacio, es aritmética. Hace trece días, hace dieciséis, hace dieciocho, tres golpes seguidos que me dejaron sin margen, y aquí estoy mirando Chihuahua desde arriba con las manos en los bolsillos vacíos, que es básicamente la imagen correcta de la situación.

Un tipo apareció por el lado que da al norte, sudado, con una camiseta de un maratón de hace varios años y unas gafas de sol que costaban bastante más que todo lo que yo llevo encima. No parecía un corredor regular porque se paró enseguida y se puso a mirar la ciudad con esa calma de quien no tiene prisa en ningún sentido real. Nos saludamos. Esas cosas pasan en las laderas: dos personas solas en el mismo punto de una montaña sin nada que las una excepto el sitio.

Preguntó qué hacía yo aquí. Le dije la verdad en términos generales, que llevo meses viajando, que tengo un blog. Él asintió de una manera que no era sorpresa sino reconocimiento, lo cual ya me pareció raro. Le pregunté a qué se dedicaba. «Varias cosas», dijo, que es la respuesta que da la gente cuando la respuesta real es complicada o incómoda. Resultó que una de esas cosas era seguir proyectos que le parecían interesantes, de formas no estrictamente convencionales. Lo dijo así, con esa sintaxis de quien está midiendo cuánto entiende el otro.

Luego fue directo. Me propuso financiarme el viaje durante un tiempo a cambio de que le contase regularmente cómo evoluciona todo. No patrocinio de marca, no contenido a cambio de visibilidad: simplemente él quería saber qué pasaba, en primera persona, por canales privados. Como mecenazgo, pero más raro. Dijo que le resultaba más interesante que leer otro libro de autoayuda sobre el tema. No sé si eso es un cumplido.

Me quedé callado más tiempo del que parece razonable en una conversación. El sol pegaba vertical sobre la roca naranja y yo estaba intentando encontrar el ángulo desde el que la propuesta tenía trampa, porque tenía que tenerla. Quizás no la tiene. Quizás sí. Le dije que necesitaba pensarlo, que le daba una respuesta antes de que me fuera de Chihuahua. Me dio un número de teléfono escrito en un papel que sacó de un bolsillo lateral con mucha naturalidad, como si hubiese subido al cerro específicamente para esto, lo cual espero que no sea verdad porque sería demasiado.

Se fue ladera abajo y yo me quedé otro rato en la explanada con el papel doblado en la mano, mirando la ciudad, que seguía igual de ordenada y blanca y ajena. El número tiene prefijo local. La camiseta del maratón era de 2019. Son los únicos datos verificables que tengo.

No sé qué pensar de la oferta. No sé si pensarla demasiado es el error o si no pensarla suficiente es otro peor. El papel está en el bolsillo trasero. La roca rojiza sigue ahí.

Imprescindible en Chihuahua, México

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