Desde Chihuahua se tarda dos horas en el aire, más o menos, y al aterrizar en Houston el primer instinto es buscar algo que justifique el desplazamiento. No un monumento, no una lista. Algo concreto que no puedas ver desde casa en una pantalla. En los últimos días he acabado tan seco que decidí hacer este viaje de todas formas, precisamente porque a veces conviene salir del lugar donde te has estado comiendo la cabeza, aunque salir no resuelva nada en absoluto.
Main Street a media mañana tiene la textura de una ciudad que ha invertido mucho en el espacio entre edificios y muy poco en que nadie se sienta demasiado cómodo parado ahí. Los edificios viejos aguantan al lado de los nuevos sin que nadie haya decidido qué hacer con esa mezcla, y la acera está limpia pero es estrecha, con semáforos que cambian en ciclos que parecen calibrados para peatones que ya saben adónde van. Yo no sabía. Caminé un buen trecho hacia el norte por Walker Street porque el nombre me sonó a algo y porque en la bocacalle de enfrente había un hombre con una bolsa de plástico azul mirando el suelo con una concentración que me pareció más honesta que todo el arte público que llevan años instalando en los túneles subterráneos de este mismo bloque.
Los túneles existen, claro. Kilómetros de pasillos climatizados conectando edificios de oficinas para que nadie tenga que aguantar el calor de septiembre en la calle. Me metí por una entrada cerca de Texas Avenue y estuve dentro diez minutos, el tiempo suficiente para comprobar que huelen a recirculación de aire frío y a comida rápida, que la señalización es confusa con intención aparente, y que las instalaciones artísticas en los muros no mitigan ni un gramo la sensación de estar caminando por una infraestructura que no fue diseñada para ti sino para los trabajadores del petróleo y sus abogados. Salí por donde había entrado porque no encontré la salida que buscaba y no quería gastar más tiempo en eso.
Houston tiene esa particularidad que comparte con pocas ciudades: la riqueza es visible pero no legible. Hay dinero clarísimamente, en la piedra de los vestíbulos, en las plantas de los interiores que se ven desde la calle, en la densidad de grúas en el horizonte, pero no hay manera de rastrear a quién beneficia todo esto salvo por exclusión. El Museum District queda a veintipocos minutos en metro ligero y fui porque tenía tiempo, no porque esperara nada especial. La fuente de Mecom lleva agua pero está rodeada de coches en todas las direcciones posibles, lo cual convierte el gesto arquitectónico en algo un poco absurdo, como un adorno al que le han quitado el contexto sin avisar.
En una cafetería de Montrose pedí un café solo y la persona que me lo sirvió tenía la espuma del capuchino de al lado dibujada en forma de algo que debía ser una hoja pero parecía más una herramienta de jardinería con pretensiones. No dije nada, bebí el mío, que estaba bien aunque no tan bien como insiste en estar la gente que vive aquí, y observé por el ventanal cómo un grupo de trabajadores con cascos amarillos y naranjas pasaban por la acera con el paso de quien lleva cuatro horas de pie y tiene cuatro más por delante.
Hace doce días perdí otra vez pasta que no me podía permitir perder. Ha pasado tres veces en menos de tres semanas y todavía no tengo una explicación limpia para ninguno de los tres casos, solo la certeza de que Houston no es el lugar donde eso cambia. La ciudad sigue construyendo hacia arriba con la indiferencia característica del sitio que nunca ha necesitado que tú, en particular, te quedes.
El vuelo de vuelta salía a última hora de la tarde. Me quedé en una de las bancas de Hermann Park hasta que el calor empezó a bajar un poco, mirando un grupo de patos que nadaban en círculos sin ningún propósito aparente, lo cual me pareció perfectamente razonable.
Imprescindible en Houston, Estados Unidos
Este post contiene enlaces de afiliados.