Hay un sillón en este salón que tiene el muelle del lado derecho completamente hundido, de modo que quien se siente queda ligeramente inclinado hacia ese flanco, como si la silla estuviera tomando partido por algo. Llevo un rato así, ladeado, con la radio encima de la mesa murmurando algo que no estoy siguiendo y los periódicos sin desdoblar porque ya sé que no voy a leerlos. No tengo un céntimo en el bolsillo, hecho que reconozco con la misma indiferencia con la que se reconoce que llueve: aquí está, pues bien.

Lo del mirador ha sido la única cosa concreta que he hecho hoy. La calle J. Neri Santos sube un poco antes de abrirse, y desde arriba Chihuahua se ve como cualquier ciudad del norte mexicano vista desde cierta altura: tejados planos, antenas, algún depósito de agua pintado con nombre de empresa que ya no existe. Tampoco es que esperara algo distinto. Lo que me gusta de ese punto no es la vista en sí, que es funcional sin ser espectacular, sino que la gente que pasa no se detiene a mirar. Pasan con su bolsa, con su prisa, con su conversación pendiente, y el panorama queda para quien quiera quedarse con él. Esta mañana he querido quedarse con él yo.

Fue ahí arriba donde me ha vuelto a venir lo de ayer. El grupo de turistas en el centro, la chica que me señalaba con el teléfono ya levantado, y yo sin moverme durante unos segundos que parecieron bastante más largos de lo que fueron. No es que me haya enfadado ni que me haya halagado. Es que no supe absolutamente qué hacer con esa situación, y eso me molesta más que cualquiera de las dos reacciones razonables. Tengo ojo para leer lo que pasa en una calle, para anticipar si un mercado va a oler a humedad o a especias, para saber antes de sentarme si un sitio sirve comida decente o comida de cartón, y resulta que ante cuatro turistas con un móvil me he quedado ahí plantado como un mueble. El muelle hundido de este sillón tiene más personalidad que yo ayer a las seis de la tarde.

Al final dije que no, que estaban confundidos, que lo sentía. La chica insistió medio segundo, miró a sus amigos, y el grupo se disolvió en la dirección del mercado como si nada. Solución correcta, aplicada con demasiado retraso y con la elegancia de alguien que está calculando la raíz cuadrada de un número raro. Así.

Por la ventana de este salón se ve un tramo de tejados y, más lejos, algún edificio más alto con las persianas bajadas aunque no es tarde. La luz de la tarde en Chihuahua tiene algo de seco y definitivo que no sabría explicar bien, como si el sol se retirara con prisa y sin apelaciones. Hay una foto familiar en la pared, tres personas en lo que parece un jardín con una mesa de plástico verde. No sé quiénes son. No tengo por qué saberlo. El salón es de quien me lo ha cedido y las fotos son suyas y los periódicos son de hace cuatro días y yo soy aquí un elemento provisional, como la radio que probablemente nadie escucha de verdad.

He cogido uno de los periódicos al final. La sección de economía local hablaba de una empresa que cerraba una planta al norte de la ciudad. Lo he leído hasta la mitad y lo he dejado sobre la mesa, encima del que ya estaba. El muelle del sillón siguió hundido.

Imprescindible en Chihuahua, México

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