Chihuahua a mediodía pesa. El sol cae vertical sobre la Plaza Merino como si tuviese una deuda personal con el asfalto, y lo primero que he notado al salir hacia el Palacio Municipal es que la sombra que proyecta la torre del reloj es la franja de territorio más codiciada de todo el centro. Cuatro o cinco personas ya la ocupaban cuando he llegado, apoyadas contra el muro con ese aplomo silencioso de quien conoce exactamente dónde ponerse.
Llego a Chihuahua con el bolsillo perfectamente vacío, lo cual es una forma elegante de decir que llego con nada, y sin embargo la plaza no me cobra entrada. Eso tiene algo de paradoja municipal que me parece honesta: los espacios que no te piden nada son los únicos a los que puedes ir cuando no tienes nada. He rodeado la fuente central dos veces no porque fuese interesante sino porque el camino me llevaba de vuelta al único sitio fresco, y en esa segunda vuelta me he fijado en que el sonido del agua no llega a tapar el ruido del tráfico de la avenida, así que tampoco es tan idílico como lo pintaría un folleto.
La fachada del Palacio Municipal es neoclásica con esa seriedad un poco impostada que tienen los edificios que quieren recordarte que aquí ocurrieron cosas importantes. Columnas, frontón, reloj. Me he quedado mirando el reloj más de lo que haría cualquier persona normal porque algo en los relojes de los edificios públicos me desconcierta: ¿cuándo fue la última vez que alguien comprobó si marcaba bien? El de aquí marcaba bien, o al menos coincidía con el mío. Pequeñas victorias.
Estaba apuntando algo en el cuaderno, de pie frente a la escalinata, cuando un grupo de cuatro personas se ha acercado con esa energía colectiva y ligeramente conspiratoria de quienes llevan unos segundos discutiendo algo entre sí antes de decidirse. El que llevaba el móvil en alto ha dicho algo en español mezclado con inglés que no he captado del todo, pero la intención era clara: querían una foto conmigo. No una foto en la que yo les ayudase a sacar el ángulo. Una foto conmigo, como si yo fuese alguien. Me he quedado parado unos segundos con el bolígrafo todavía en la mano, sin terminar de procesar la situación, porque mi cerebro ha tardado un momento en descartar la posibilidad de que estuviesen bromeando. No bromeaban. Sonreían con esa expectativa genuina que tiene la gente cuando cree que está a punto de conseguir algo. He levantado las gafas sin saber muy bien por qué, como si ese gesto pudiese aclarar algo, y entonces uno de ellos ha dicho un nombre que no era el mío. He negado con la cabeza. «No soy esa persona», he dicho. Pausa. Me han mirado. He vuelto a negar. Han tardado unos tres segundos en decidir que probablemente tenía razón y se han ido con la misma energía grupal con la que habían llegado, sin demasiada decepción, lo que me ha parecido levemente ofensivo aunque tampoco sé bien por qué.
El café que llevaba horas buscando sin dinero para pagarlo no iba a aparecer por ninguna parte, así que me he sentado en el borde de la fuente a terminar el apunte que había dejado a medias. Un hombre con un carrito de paletas pasaba cada cuatro o cinco minutos por el mismo circuito, mirando al frente, sin vocear. No sé si esperaba que alguien le parase o simplemente prefería hacer su ruta en silencio. No le he parado.
El reloj de la torre ha dado la una con ese sonido metálico y un poco oxidado que tienen los relojes de los edificios públicos cuando nadie ha tenido a bien afinarlos en años. Me gusta el buen café. Hoy no he tomado ninguno. Eso es lo que hay en el primer día.
Imprescindible en Chihuahua, México
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