¿Cuánto tiempo hay que estar parado en una acera antes de que la acera empiece a parecerte tuya? Cuarenta y tres minutos, resulta que es suficiente. He contado los coches que han pasado, he leído el mismo cartel de «Route 66 Hostel» tres veces, y en algún momento he mirado hacia abajo y he notado que la mancha de pintura color óxido que tengo en el muslo izquierdo del pantalón ya no me molesta. Lleva ahí desde el jueves, cuando me senté en ese banco de madera del Old Town sin mirar, y ya la considero parte del vestuario.
El autobús llegó cuando le dio la gana. Lo cogí igual.
Central Avenue NW tiene ese tramo entre el KiMo Theatre y el Rosenwald Building donde los murales se acumulan sin pedir permiso, uno encima del otro, capas de intent sin firma visible. No son los murales bonitos de los barrios que los ayuntamientos aprueban en comité. Hay uno con un coyote que parece sacado de un sueño mal resuelto, y debajo, medio tapado, lo que creo que fue una serpiente emplumada antes de que alguien decidiera que el coyote era mejor idea. Me parece bien. El adobe de las fachadas más antiguas absorbe la luz del mediodía de una manera que no he visto en ningún sitio: la pared no refleja, casi la traga, y las grietas se vuelven sombras con volumen. He tocado una con la palma de la mano sin pensarlo, como si eso me fuera a explicar algo. No me explicó nada, pero la textura era áspera de manera satisfactoria, como rallar queso por el lado grueso.
En el Old Town hay un señor que vende piedras y minerales en una mesa plegable bajo un toldo de tela azul marino, bastante desgastado. No el tipo de vendedor que te llama ni te sigue con la mirada; al contrario, parecía activamente interesado en no establecer contacto visual. Tenía la piedra de turquesa que compré hace tres días, que llevo en el bolsillo derecho de la chaqueta sin propósito concreto, y se me ocurrió preguntarle algo sobre el mineral. Me dijo, sin levantar los ojos de lo que estaba ordenando: «No sé de dónde es esa. No la he visto antes.» No era antipático, era específico. La diferencia importa. Seguí caminando con la piedra en el bolsillo y sin más información que la que tenía.
Lo de ser tecnólogo es que uno nunca para de buscarle la lógica a las cosas. Los sistemas, las capas, por qué algo funciona de una manera y no de otra. Aquí el sistema es la avenida misma: todo en un eje, todo visible, sin callejuelas que prometan algo mejor a la vuelta de la esquina. Lo que hay es lo que hay. Eso tiene un mérito raro que no sé nombrar del todo bien.
Tacotote está en el 4701, cruzando hacia el este, donde Central Avenue ya cambia de humor y los murales se espacian. Entré a las dos y cuarto. El menú tiene más opciones de las que se pueden procesar de pie, y el señor que atendía la caja tenía una pegatina en la camiseta que decía «ASK ME ABOUT THE POZOLE» con una flecha apuntando hacia arriba, hacia su cara. Le pregunté por los tacos de birria. «También están bien», dijo, con la ecuanimidad de alguien que ha tenido esa conversación cuatrocientas veces. Los tacos estaban mejor que bien: el consomé para mojar tenía esa grasa de chile guajillo flotando en círculos pequeños que me hizo pensar que en algún sitio alguien lleva horas haciendo esto bien, y que eso merece algo más que mi atención de veinte minutos.
Salí con la piedra de turquesa todavía en el bolsillo, la mancha de pintura todavía en el pantalón, y la certeza de que cuarenta y tres minutos en una acera de Central Avenue es, a su manera, una forma completamente válida de leer una ciudad.
Imprescindible en Albuquerque, Estados Unidos
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