«Lleva cuarenta minutos de retraso, así que ya puedes hacer lo que quieras», me dijo una señora con una bolsa enorme de tela verde mientras yo miraba el panel sin entender nada. Y así de bien ha empezado la mañana.

He terminado llegando a pie a la zona de la Girard, que no es exactamente la hazaña del siglo pero tampoco estaba en el plan original. El paseo por esa calle larga y casi sin sombra a mediados de mañana tiene su gracia, que es ninguna. La acera a ratos desaparece, los coches pasan más cerca de lo razonable, y el sol de Albuquerque en septiembre no perdona aunque te hayan dicho que ya hay algo de otoño en el ambiente. Mentira. Calor seco y directo, sin matices.

Hay una plataforma de observación junto al aeropuerto, con una señal informativa que alguien ha intentado anclar bien al suelo pero que se ha girado unos quince grados respecto a donde debería apuntar, así que los nombres de las montañas y los ángulos no cuadran del todo con lo que tienes delante. Las Sandias al fondo están ahí, grandes y quietas, con ese color ocre grisáceo que tienen de mañana antes de que el sol les cambie el tono. La barandilla de la plataforma tiene la pintura levantada en franjas paralelas, como si alguien hubiera pasado una lija con demasiadas ganas en un punto concreto y luego hubiera dejado el trabajo a medias. No sé por qué me he fijado en eso antes que en nada.

Abajo, los aviones van y vienen con una regularidad que resulta casi irritante cuando llevas veinte minutos quieto sin poder hacer nada más que mirarlos. Despegan hacia el norte, giran, desaparecen. Aterrizan desde el sur, se frenan, ruedan hasta la terminal. Y yo de pie con los bolsillos vacíos, literalmente, salvo por una piedra de turquesa cuyo valor sigo sin conocer con precisión y que hoy no sirve para nada. He pensado vagamente en si se puede comer por aquí cerca sin dinero y la respuesta, como era de esperar, es no. He comprobado la opción de la fuente de agua que hay un poco más adelante y eso sí funciona. Pequeñas victorias.

Lo que no me esperaba es que la plataforma fuera tan prescindible como sitio para estar. El mirador tiene una cierta dignidad funcional, supongo, pero no es un lugar donde quedarse más de quince minutos sin que empiece a pesar. En verano, en La Barceloneta, podías estar horas sentado en un espigón sin que el tiempo avanzara con esa sensación de incomodidad; aquí el suelo de la plataforma acumula calor desde primera hora y no hay dónde refugiarse. Echo de menos el agua y el ruido de la gente haciendo el castells en la Plaça de la Font. Cosas muy distintas, lo sé, pero el cuerpo tira hacia lo que conoce cuando no tiene nada útil que hacer.

He dado una vuelta a pie por la parte de la Girard que rodea la zona, que tampoco ofrece mucho más. Un par de negocios cerrados un sábado por la mañana, un coche con el capó levantado y nadie alrededor, un perro atado a una valla que me ha mirado con la misma expresión con la que yo miraba el panel del autobús antes. La señal informativa de la plataforma sigo sin entenderla del todo porque el giro de quince grados la convierte en un pequeño acertijo orientativo, y la vista desde arriba es correcta sin ser nada del otro mundo.

Hay un punto en que la espera se vuelve su propio plan, que es cuando llevas demasiado rato sin un plan alternativo. Las Sandias siguen ahí.

Imprescindible en Albuquerque, Estados Unidos

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