Ayer me acordé del banco de Old Town. Del banco recién pintado. Llevaba diez minutos sentado cuando Tommy Runningwater apareció caminando por la acera y se partió de risa al verme, y tardé otros diez en entender que tenía la parte trasera del pantalón verde botella. Pintura fresca, sin cartel de aviso. Archivado. Sigo sin haber encontrado el cartel.
Hoy he cogido Laguna Boulevard hacia el sur sin ningún plan concreto, que es el único tipo de plan que puedo permitirme con cero euros en el bolsillo. Tingley Beach no cobra entrada, no cobra aparcamiento, no cobra nada, y eso no es una virtud del sitio sino la razón exacta por la que he acabado aquí. El río corre a la derecha, al otro lado de una franja de tierra, y los álamos que bordean el agua están empezando a perder hojas aunque todavía no del todo, ese estado intermedio en que parecen indecisos. El asfalto de la carretera está caliente y huele a asfalto caliente, que no es un olor malo ni bueno, solo es ese olor.
He caminado sin prisa porque tampoco tenía adónde llegar. Una garza, o algo muy parecido a una garza, estaba parada en la orilla del agua con la cabeza inclinada hacia adelante como si estuviera calculando algo. Le he dedicado más atención de la razonable porque era gratis y porque tampoco había mucho más. Un coche ha pasado a mi lado a velocidad de persona que tiene sitios a los que ir. He pensado en pedir un café cuando volviera al centro, y luego he recordado lo de la cartera. No hay café.
El itinerario de hoy incluía cenar en un restaurante tailandés que se llama Salathai. Lo pone con toda la calma del mundo, sin asterisco, sin nota al pie. El itinerario no sabe lo que sabe mi cuenta bancaria. Me he preguntado si el pad thai a estas alturas del día me parecería mejor o peor que la botella de agua que me he traído de casa, y la respuesta honesta es que la botella de agua está aquí y el pad thai no, así que gana la botella. Esto es lo que la filosofía estoica debería haber explicado con más claridad desde el principio.
La guardarraíl que separa la calzada del agua tiene el plástico reflectante de algún delineador roto desde hace tiempo, y hay un tramo de unos cuatro metros donde alguien ha pegado una pegatina de «NO WAKE ZONE» que el sol ha puesto amarilla. El agua a esta hora de la tarde coge una luz plana que no es bonita exactamente pero tampoco es fea: es la luz de un sitio donde nadie ha decidido que el paisaje merezca publicidad, lo cual en algún sentido lo hace más cómodo que otros sitios.
He estado ahí parado un rato mirando los árboles al otro lado, que sin hojas parecen más honestos que con ellas, si eso tiene algún sentido, que probablemente no lo tiene. Lo que sí tiene sentido es que el sitio es tranquilo, que nadie me ha intentado vender nada, y que el único coste real del día ha sido el pantalón, que técnicamente perdí ayer.
La garza, o lo que fuera, ha levantado el vuelo justo cuando me he vuelto a mirarla. Ha cruzado el agua en diagonal, ha desaparecido detrás de los álamos, y yo me he quedado de pie en la orilla mirando el punto exacto donde ha desaparecido como si fuera a volver. No ha vuelto.
Imprescindible en Albuquerque, Estados Unidos
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