«Cuidado con el banco», me dijo Tommy Runningwater con una voz que era mitad aviso y mitad risa ya contenida, y yo había tardado diez minutos en entender que el aviso llegaba tarde. Me levanté con un manchurrón verde en la parte de atrás de los pantalones que Tommy ya no se molestó en disimular: soltó la carcajada entera, con los hombros, con los ojos entrecerrados, y yo me quedé ahí parado en el sendero de Petroglyph National Monument sin saber si enfadarme o reírme también. Me reí, pero a medias.
La piedra volcánica de la Mesa de las Piedras Marcadas absorbe el calor de septiembre de una manera que no esperaba, una calidez seca y casi pesada que se te mete en la ropa antes de que hayas caminado cien metros. Tommy resultó ser voluntario en el monumento, uno de esos que llevan chaqueta con logotipo y saben exactamente en qué roca del sendero Rinconada Canyon hay una representación de lagarto que los grupos se saltan siempre porque van mirando el móvil. Me la señaló. El lagarto tenía como ocho siglos, calculo que bastante más que cualquier cosa que yo hubiera tocado en mi vida, y eso me trajo la turquesa de vuelta al pensamiento de un golpe.
La llevo en el bolsillo izquierdo del pantalón desde ayer. Cuatro dólares en el mercadillo de Old Town, y el anciano navajo que me la identificó como pieza ceremonial de los años cuarenta. He estado cargando con esa información sin saber exactamente qué hacer con ella, que es una posición bastante cómoda para quien no quiere actuar. Tommy me vio sacarla del bolsillo, porque la saqué sin pensar, como se hace con las monedas cuando uno espera el autobús, y su cara cambió. No de manera dramática. Solo paró de hablar del lagarto.
«¿De dónde la tienes?», preguntó, y yo le conté lo del mercadillo y lo del anciano, y Tommy asintió varias veces seguidas de una forma que no significaba acuerdo sino más bien reconocimiento, como cuando escuchas una historia que ya conoces el final. Me dijo que había varias organizaciones en Albuquerque que trabajan en la repatriación de objetos de este tipo, que no siempre es obligatorio legalmente pero que existe un proceso, que él mismo conocía a una mujer en el Indian Pueblo Cultural Center que podría orientarme. Me lo dijo sin presión, lo cual fue casi peor que si me lo hubiera dicho con presión: sin presión, la decisión era completamente mía, y yo no tenía donde esconderme detrás de la incomodidad de que alguien me estuviera exigiendo algo.
Me quedé un rato más en el sendero después de que Tommy siguió con su ruta. Las marcas en la roca son abstractas en su mayoría, espirales y figuras que los paneles interpretativos describen con una cautela admirable: «posiblemente representaba», «se cree que indicaba». Nadie sabe con certeza. Eso me pareció lo más honesto que había leído en todo el día.
Comí después en Duke City Kitchen, en Manzano Street, un sitio sin pretensiones donde el chile verde del plato de al lado olía mejor que el mío pero el mío tampoco estaba mal. La camarera tenía un bolígrafo metido en el moño que casi se le cae tres veces mientras tomaba nota. Comí despacio porque tenía la tarde libre y porque no quería pensar todavía en la turquesa.
Ahora estoy sentado en una sala de espera que encontré como refugio del calor de las dos de la tarde, unas sillas de plástico naranja que dan a una ventana grande con las montañas al fondo, y la piedra verde que me manché en el pantalón ya se habrá fijado del todo. La turquesa sigue en el bolsillo izquierdo. El nombre de esa mujer en el Cultural Center lo tengo anotado en el móvil.
Imprescindible en Albuquerque, Estados Unidos
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