Cuatro dólares es lo que cuesta una turquesa vieja en el mercadillo de Old Town cuando quien la vende no sabe lo que tiene, o finge que no lo sabe, que a veces es lo mismo. Me queda en el bolsillo desde hace horas, y me pregunto si el anciano que me paró después tenía razón o simplemente ganas de hablar.

Esta mañana he ido al Rio Grande Nature Center State Park sin ningún plan concreto, que es la única forma honesta de ir a un sitio cuando el inventario completo de tu cuenta asciende a cuatro dólares con cincuenta centavos. La entrada tiene un coste simbólico si entras a pie y sin vehículo, lo cual hace que el bosque de ribera sea, literalmente, la única opción que no empeora las cosas. No lo digo con pena. Lo digo porque es el dato exacto y porque fingir que uno elige los parques por vocación naturalista cuando no puede pagar un café resulta un poco absurdo.

El bosque es denso de verdad, no de postal. Los álamos de Virginia tienen la corteza gris verdosa y están tan juntos en algunos tramos que el sol llega partido, en franjas, sobre los canales de agua que bordean el sendero. He parado un buen rato junto a uno de los estanques, el que llaman Observation Pond, mirando cómo la superficie no se movía casi nada y pensando que un tecnólogo con alma gastronómica no debería estar tan a gusto en un sitio sin wifi ni menú. Y sin embargo. El olor es fangoso y vegetal, no desagradable, más bien el olor de algo que lleva siglos sin necesitar que nadie le preste atención.

El mercadillo de Old Town lo he cogido de vuelta, antes de bajar al parque. Ahí es donde he comprado la turquesa. El puesto era de una señora con una mesa plegable y una caja de zapatos llena de cosas que no guardaban ninguna relación entre sí: botones de nácar, una brújula sin aguja, cadenas de plata fina, y la piedra. Verde azulada, con una veta marrón que la cruza en diagonal. Cuatro dólares. Le di los cuatro dólares y me la guardé en el bolsillo del pantalón sin pensar mucho más.

El anciano navajo me abordó cuando ya me alejaba, a unos cincuenta metros del puesto. Me preguntó si me la había vendido la señora de la mesa plegable, y cuando le dije que sí, asintió despacio y me explicó que era una pieza de los años cuarenta, que ese tipo de montaje, con la plata oxidada de esa forma concreta alrededor de la piedra, era trabajo ceremonial. No me dijo que valía una fortuna. Me dijo que tenía historia, que sabía de dónde venía, y que si me interesaba conocerla podía pasarme por la tienda que su familia tiene en la Calle Romero. Me dio una tarjeta con la dirección escrita a mano, con una letra muy pequeña y muy recta.

La tarjeta está en el bolsillo izquierdo. La turquesa, en el derecho.

He comido en Fan Tang, en el tramo de Central Avenue que ya empieza a parecerse a otra cosa después del cruce con San Mateo. Un plato de arroz frito con verduras, seis dólares con algo, lo cual supera mis recursos actuales de manera matemáticamente irrefutable, pero había monedas guardadas en el fondo de la mochila desde hace semanas y las he contado dos veces sobre la mesa de fórmica antes de pedir. El restaurante tiene las paredes pintadas de rojo y huele a aceite de sésamo. El camarero no me ha mirado a los ojos en ningún momento, lo cual me ha parecido bien.

La tarjeta sigue ahí. No sé si voy a ir a la tienda de la Calle Romero. No sé tampoco qué hago con una pieza ceremonial navajo de los años cuarenta en el bolsillo derecho del pantalón, con cuatro dólares con cincuenta centavos en el banco y un arroz frito encima que no debería haberme permitido.

Imprescindible en Albuquerque, Estados Unidos

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