Ayer perdí cincuenta mil wones y todavía no sé cómo. O sí lo sé, más o menos, pero la reconstrucción exacta de los hechos no cuadra con ninguna versión que me resulte soportable, así que lo dejé ahí: un agujero en el extracto, cerrado a la fuerza. Algunos gastos no merecen investigación. Este ya es uno de ellos.

Me fui caminando hacia Nampo-dong sin ningún plan concreto, porque hoy es Gwangbokjeol y los comercios de siempre abren a medias o no abren, y en la calle hay más banderas coreanas de lo habitual colgadas entre anuncios de soju y clínicas de ortodoncia. Las familias se mueven en grupos lentos. Los scooters siguen ahí, aparcados en doble fila frente a los locales cerrados, como si nadie les hubiera dicho que es festivo. El ambiente no es celebración exactamente, es más bien una suspensión: la ciudad en pausa, con más gente de lo normal que no sabe muy bien qué hacer con ese tiempo libre.

Me senté en un taburete de plástico rojo fuera de una tienda de fruta que sí había abierto, pedí una bolsa de uvas moscatel que costó algo ridículamente barato, y saqué el teléfono para verificar una transferencia pendiente. La aplicación no cargó. Tampoco en el segundo intento, ni en el tercero. Reinicié. Nada. Conecté la VPN. Nada. Llamé al número de soporte que aparecía en la pantalla de error y una voz grabada en coreano me informó de algo que no entendí, con una música de espera que sonaba a los créditos de un drama de los años noventa. Estuve así veinte minutos, con la bolsa de uvas en el regazo, sin poder verificar nada, sin poder hacer nada. Al final cerré la aplicación y me comí las uvas.

El problema con quedarse quieto en una ciudad cuando todo lo demás tampoco se mueve es que uno empieza a hacer ese tipo de contabilidad mental que conviene evitar. Llevo semanas aquí y los números no van bien: un retraso con coste, otro retraso con coste, otro más. Uno acaba desarrollando cierta tolerancia a los contratiempos pequeños hasta que el martes un cargo de cincuenta mil wones aparece sin explicación y la tolerancia se agrieta un poco. No en plan crisis, sino en plan irritación sorda que se nota más cuando la tecnología tampoco coopera.

Caminé cuesta arriba por una de esas calles estrechas de Jung-gu donde los anuncios se superponen hasta el tercer piso y no queda ni un centímetro de fachada sin explotar. Un local vendía auriculares genéricos colgados en una barra de hierro, otro vendía llaveros con forma de donut, otro tenía la persiana a medio bajar y dentro se veía a un hombre dormido sobre un mostrador con la cabeza apoyada en el antebrazo. No le desperté. Seguí subiendo.

En algún punto del mediodía la aplicación volvió a funcionar sola, sin que yo hubiera hecho nada diferente. La transferencia había procesado correctamente durante todo ese tiempo. Lo que no había procesado era yo, que había invertido veinte minutos de tensión inútil en un problema que no existía. Eso también es un tipo de pérdida, supongo, aunque no aparece en ningún extracto.

Al final del día me quedé parado en la calle de los scooters, mirando cómo la bandera que alguien había colgado entre dos cables eléctricos se movía con el calor sin llegar a ondear del todo, solo ese balanceo lento y sin convicción que hace la tela cuando no hay suficiente viento.

Imprescindible en Busan, Corea del Sur

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