El bloque de notas no está. Lo he buscado tres veces en la mochila, en el bolsillo lateral, debajo de la almohada, y no está. Era un cuaderno pequeño, de tapa verde oscuro, con las esquinas ya dobladas de tanto meterlo y sacarlo, y dentro tenía unas frases sueltas que apunté hace varios días y que ya no voy a poder recuperar porque no recuerdo bien ni qué era. Esa es la parte que me molesta: no el cuaderno en sí, que costaba lo que cuesta un cuaderno, sino que había algo escrito que ahora no sé qué era exactamente, y esa incertidumbre es peor que la pérdida concreta.

Lo más probable es que se cayera ayer, cuando entré sin querer en esa cocina del callejón paralelo a Natori-chuo. Estaba buscando un servicio y empujé la puerta equivocada, y adentro había tres hombres con delantales oscuros preparando algo que olía a caldo de huesos y jengibre, y en lugar de echarme a patadas me señalaron la salida correcta con mucha paciencia, uno de ellos haciendo ese gesto de «por allí, por allí» sin dejar de remover el cazo. Salí sin decir gran cosa, un poco avergonzado, y en ese momento de desconcierto puede que el cuaderno se quedara en el escalón o en el suelo de la entrada. No tengo manera de saberlo.

Volví esta mañana a mirar. La puerta estaba cerrada, y en el escalón no había nada salvo una tapa de botella aplastada y algo que parecía grasa seca. Llamé dos veces, nadie abrió, y no me pareció razonable insistir. Así que se acabó. El cuaderno ya no es mío.

Me fui caminando por la parte del barrio que bordea el río, sin un plan concreto, y entré en lo que parecía un taller semiabierto al público, de esos que venden directamente lo que producen. Había herramientas colgadas en la pared, gubia de distintos anchos, formones con el mango tan gastado que el color de la madera había desaparecido del centro hacia los bordes, donde todavía quedaba algo de barniz original. Una herramienta en concreto tenía la hoja ligeramente torcida, con marcas de haber sido afilada tantas veces que el perfil ya no era perfectamente simétrico. La luz entraba de lado por una ventana sin cortina y hacía que la textura del mango se viera con mucho detalle, todas las fibras de la madera, los años de sudor acumulado que hacen que una herramienta se vea usada de verdad y no comprada para decorar.

No sé tallar nada. Me quedé mirando sin tocar nada porque no quería hacer el ridículo. Hay algo incómodo en estar en un taller así sin ninguna habilidad que justifique la visita, así que compré una pieza pequeña de cerámica esmaltada que había en una repisa, bastante fea a decir verdad, con el esmaltado desigual en el borde, y salí.

A lo lejos, desde algún sitio que no identifiqué bien, llegaban de cuando en cuando golpes de tambor. Nada insistente, más bien esporádico, como si los músicos estuvieran ensayando en lugar de actuando. Agosto en esta parte de Japón tiene esa cualidad de fondo sonoro difuso: algo siempre pasa en algún lugar cercano, pero la calle donde estás tú está tranquila, medio vacía, con el asfalto absorbiendo el calor.

Me senté en un bordillo con la cerámica envuelta en papel en la mano, pensando si habría valido la pena volver al hostal para buscar otra vez el cuaderno entre la ropa. Crecí en Gouda en una casa donde mi madre guardaba absolutamente todo, y esa tendencia de guardar cosas por si acaso me la inculcó bastante bien, de modo que perder algo me produce una especie de fricción leve que se queda un rato dando vueltas. La cerámica fea envuelta en papel no compensa nada. Pero tampoco era eso lo que buscaba al comprarla.

Los tambores pararon. El bordillo estaba caliente.

Imprescindible en Natori, Japón

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