«¿Eres el de la charla de inteligencia artificial?», me preguntó un tipo con una tableta bajo el brazo antes de que yo terminara de orientarme en el vestíbulo del centro cultural de Nampo-dong. Yo iba a preguntar dónde estaba el baño. Le dije que no sabía de qué me hablaba, lo cual fue un error, porque lo interpretó como modestia y empezó a presentarme a la gente.

Busan. Primer día. Llegué esta mañana con la ropa del viaje todavía encima y Dalian ya quedando atrás como una resaca de aeropuertos que prefiero no recordar. Lo primero que vi al salir fue a una mujer empujando un carrito cargado de cuerdas gruesas, de ese tipo que usan para amarrar carga en los muelles, entre tiendas de todo a mil y personas que no miraban a nadie. Eso me gustó. No el carrito, sino que nadie miraba a nadie. Dalian tenía esa cosa de ciudad que te observa. Aquí, de momento, cada uno va a lo suyo.

El problema es que ayer, todavía en tránsito, Rajiv me mandó otro mensaje diciendo que la segunda videollamada quedaba pendiente de reagendar y que el pago saldría «después de confirmar». Hice dos videollamadas. Revisé el sistema. El trabajo está hecho. Que el pago salga «después de confirmar» es una frase que en seis idiomas distintos significa lo mismo: nada garantizado. Llevo con esto desde ayer y no termino de decidir si seguir esperando o cortar.

Lo que aceleró la decisión fue perder un contacto que tenía apuntado en un papel, de los de verdad, papel de verdad, que en algún momento entre el control de equipaje y este vestíbulo desapareció. En ese papel tenía una referencia a alguien que hacía trabajos de revisión similares al de Rajiv pero pagaba por adelantado. Nombre, número de teléfono, contexto. Perdido. No lo tenía guardado en ningún otro lado porque soy el tipo de persona que todavía escribe cosas en papel y después las pierde. Cuatrocientos CNY en el bolsillo y un contacto menos en el mundo.

Y entonces el del centro cultural me puso delante de ocho personas que querían saber sobre modelos de lenguaje y sesgo algorítmico, y yo, en lugar de aclarar el malentendido de una vez, hice lo que hace la gente cuando está cansada y no quiere conflicto: improvise. Hablé durante veinte minutos de cosas que sé a medias y de otras que no sé del todo pero que sonaban coherentes. Nadie me interrumpió. Una chica tomó notas. Un señor mayor en la tercera fila estuvo dormido desde el minuto cuatro, lo cual me pareció la respuesta más honesta de la sala. Al final me dieron las gracias y alguien me preguntó si tenía tarjeta. No tengo tarjeta.

Salí y bajé hacia Yeongdo cruzando el puente. En las calles detrás del mercado de Jagalchi no hay nada de lo que sale en las fotos de Busan. Hay camiones que descargan cajas de plástico azul, cables cruzados a tres metros del suelo, un local que vende piezas para motores diésel y huele a aceite desde la acera. Había un hombre fumando sentado en un cajón de madera con la mirada puesta en ningún sitio concreto. Eso tampoco sale en las fotos.

Me senté en algún sitio a comer algo que no identifiqué del todo pero que estaba bien, y le escribí a Rajiv. No un mensaje largo. Solo la fecha del trabajo y una pregunta directa sobre cuándo llega el pago. Sin «espero que estés bien», sin preámbulo. Si no contesta antes del miércoles, lo doy por cerrado y asumo que esas horas de videollamada fueron un costo de aprendizaje sobre a quién no volver a hacer favores.

El carrito de cuerdas seguía ahí cuando volví a pasar por Nampo-dong. O era otro igual. En Yeongdo hay suficientes carritos de cuerdas para que la pregunta no tenga respuesta fácil.

Imprescindible en Busan, Corea del Sur

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