«¿Ayer no era usted el primo de Vancouver?», me preguntó el mensaje de WhatsApp a las ocho y cuarto de la mañana. Lo dejé sin responder veinte minutos porque no supe qué decir. Era la hija mayor de la familia Sandhu, la que ayer me había puesto una guirnalda de caléndulas alrededor del cuello en mitad del templo sij de Pandora Avenue y me había presentado a sus tíos como "el amigo especial de papá que vino desde lejos". Yo había entrado porque la puerta estaba abierta y pensé que era un museo.

La situación de ayer sigue sin resolverse del todo. Que me adoptaran como invitado de honor en una boda a la que no me habían invitado fue, en el momento, cómico y caluroso y complicado de rechazar. Ahora hay una deuda social que no sé cómo calcular. El mensaje de esta mañana preguntaba si iba a pasarme por el lunch del día siguiente, que en realidad era hoy, y que era en una casa en Oak Bay. Escribí que lo intentaría, que muchas gracias, y cerré el teléfono. Hay una diferencia entre ser amable y comprometerse a cruzar la ciudad en autobús hasta Oak Bay cuando no te queda claro si tu presencia es genuinamente bienvenida o simplemente es parte del ritual de extender la boda al máximo de días posibles.

Bajé caminando hasta Wharf Street con la idea de revisar las opciones de alojamiento para la semana que viene, porque llevar la cuenta de lo que queda duele pero hay que hacerlo: ciento veinticuatro dólares canadienses. Con eso en mente, abrí la aplicación de reservas en el café donde pedí un americano que estaba bien sin ser nada memorable, y la aplicación me devolvió una pantalla blanca. Primero pensé que era el wifi, pero el wifi funcionaba porque el teléfono cargaba otras cosas. Luego pensé que era mi cuenta, pero podía entrar. El problema era que la pasarela de pago no procesaba ninguna tarjeta, ni la mía ni, según el aviso pequeño y discreto que apareció diez minutos después, ninguna otra. Fallo en el sistema de cobros. Duración estimada: indefinida. Opciones alternativas: ninguna que la aplicación mencionara.

Estuve un rato mirando la pared de ladrillo al otro lado del vidrio, donde la pintura gris lleva años desprendiéndose en láminas y ha dejado el metal oxidado de una tubería a la vista, un marrón pálido que el cielo encapotado de esta mañana hacía parecer casi elegante. No lo era. Era simplemente óxido sobre metal barato y pintura que no aguantó. Que lo mirara diez minutos dice más de mi situación que de la tubería.

El problema concreto es que sin confirmar alojamiento para los próximos días, el margen real que tengo es más estrecho de lo que el número sugiere. Ciento veinticuatro suena a algo hasta que descuentas que la mitad podría irse en cuatro noches de hostal si no bloqueo precio hoy, y la pasarela sigue sin funcionar a las once de la mañana. Probé con otra aplicación, que sí cargaba pero no tenía habitaciones disponibles en el rango que necesitaba. Probé en el ordenador del propio café, por si acaso, y el empleado detrás de la barra me miró con la expresión de alguien al que le piden algo que está fuera de su área de responsabilidad, que es básicamente todo. Me dijo que podía intentarlo. No pudo.

El mensaje de la hija de los Sandhu llegó otra vez a las doce y cuarto: «¡La comida es a las dos! Mi mamá hizo dal makhani». No respondí de inmediato porque estaba recalculando si ir a Oak Bay a comer gratis era, a estas alturas, una decisión práctica o simplemente la más honesta.

La pasarela seguía caída.

Imprescindible en Victoria, Canadá

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