La aplicación se quedó congelada tres veces seguidas intentando cargar el mapa del Parque Ecológico Kabah, y la tercera vez ya no reinicié nada. Guardé el móvil, cogí las gafas de montura verde que compré en un mercadillo por un quetzal y salí a buscar la entrada como se hacía antes: preguntando.
Había empezado la mañana con otro problema menor, de esos que acaban siendo más irritantes que los grandes. Al recoger la ropa en la lavandería me faltaba una camiseta y me habían metido una ajena: azul, talla M, con un logotipo de un gimnasio de algún sitio que no reconocí. Me la quedé mirando un rato. El encargado encogió los hombros con una tranquilidad que me pareció casi admirable. La camiseta nueva me queda mejor que la que perdí, lo cual no dice nada bueno de mis gustos anteriores, pero tampoco es el tipo de victoria que uno anota.
El Parque Ecológico Kabah es, en la práctica, un producto. Hay pasarelas de madera sobre los manglares, señalética nueva, un par de carteles que explican el ecosistema con diagramas de flechas. El canal que corre bajo las tablas tiene ese color verde oscuro que huele a materia vegetal descomponiéndose, que no es un olor malo exactamente pero tampoco es el que esperan los que vienen con cámara. El cielo estaba a medias, nubes que no terminaban de cerrar ni de irse, y esa luz difusa hacía que todo pareciese igual de saturado que igual de gris al mismo tiempo. Caminé por la pasarela sin prisa porque no había ninguna razón para tenerla.
En un recodo del sendero había un hombre con un cuaderno que tomaba notas sobre algo que miraba entre los árboles, y cuando pasé me preguntó, sin levantar la vista del todo, si yo sabía qué tipo de manglar era ese. Le dije que no. «Yo tampoco», dijo, y siguió escribiendo. Fin de la conversación. Me pareció bien.
Estuve pensando en Marlén mientras caminaba. Ayer conté con ella los billetes al final del día, doce horas de pie en el mercado, y la cifra no era mala ni era buena: era la cifra justa para seguir estando ahí mañana. La reserva tiene entrada de pago, señales, mantenimiento, un ecosistema gestionado para que la gente venga y diga que ha visto manglares sin mancharse los pies. Marlén no tiene nada de eso. Solo el puesto, las artesanías, el sol de las nueve de la mañana sobre la lona. No sé cuál de los dos sistemas es más honesto, pero sé cuál me da más pereza defender.
Al salir cogí la avenida hacia Los de Pescado sin mapa, que era el plan desde por la mañana. Llegué con más hambre que orientación, pedí lo que el de la barra dijo que estaba bien ese día y no pregunté más. Era un caldo de pescado con limón que tenía esa acidez que funciona cuando el calor aprieta, y apretaba. El local olía a aceite y a plástico de mantel, y el ventilador del techo giraba con un chirrido periódico que al principio molesta y luego desaparece porque te acostumbras o porque ya no te importa. Me acordé de que en otro contexto estaría pensando qué vino blanco iría bien con un caldo así, algo fresco, con acidez, sin madera. Aquí tomé agua con gas y estuvo bien.
El móvil sigue funcionando para las fotos y para llamar si hay que llamar. Para los mapas, de momento, no. No sé si eso es una decisión o simplemente lo que ha pasado esta semana. El manglar estaba ahí sin que yo supiera exactamente dónde estaba, y lo encontré igual.
Imprescindible en Cancún, México
Este post contiene enlaces de afiliados.