«¿Natori?», me preguntó el tipo del alojamiento cuando le confirmé la dirección. No era incredulidad, era más bien esa pausa que hace la gente cuando no sabe muy bien qué decir de un sitio. Yo tampoco supe qué responder.
Aterricé con la tarde ya medio deshecha y la ciudad sin demasiadas ganas de recibirme. Busan quedó atrás esta mañana, con todo lo que arrastro de allí: el cargo de cincuenta mil wones que todavía no sé de dónde salió, el cajero que me cobró una retirada que no reconozco, la tarjeta que me falló dos veces seguidas en sitios donde debería haber funcionado. No he resuelto nada. He cambiado de país y punto.
Natori en agosto es una ciudad a medio gas. Obon está encima y los restaurantes del barrio de Nakata que pillé caminando desde la parada orientan todo hacia mesas grandes, grupos de familia, platos compartidos. No es hostilidad, es que simplemente no estás en el target de nadie. Me asomé a uno que tenía buena pinta desde fuera, con ventilación y sin turistas visibles, y dentro había tres generaciones de una misma familia ocupando literalmente la mitad del local. La señora de la entrada me miró con amabilidad genuina y me señaló una mesa individual en el rincón, junto a la puerta de la cocina. Me senté. Pedí lo que señalé con el dedo en la carta plastificada porque no entendí nada.
Después quise rellenar la botella de agua en una fuente que hay cerca del Sendai Bypass, en una de esas instalaciones públicas pequeñas que parecen diseñadas para regar plantas o para que los ciclistas paren un momento. Presioné el botón que parecía el correcto. No era el correcto. El chorro salió lateral, fuerte y frío, y me empapó desde el pecho hasta las zapatillas antes de que pudiera apartarme. Tres segundos de agua a presión. La botella quedó seca. Yo, completamente mojado. Un chico que pasaba en bici aminoró, me miró, y siguió pedaleando sin decir nada, lo cual agradezco más de lo que parece.
Caminé de vuelta al alojamiento chorreando. Hay algo degradante en llegar empapado a un sitio nuevo, con la ropa pegada y los calcetines haciendo ese ruido. No fue gracioso en el momento. Quizás no es gracioso tampoco ahora, pero al menos ya está seco.
El alojamiento tiene cocina, que es lo que necesitaba. La mesa de madera está llena de lo que hay: un abrelatas que no es mío, bolsas de papel, dos botellas de alguien que se fue. Abrí la mía, un blanco que metí en el equipaje de mano porque no iba a facturar una botella de vino y esperar a ver si llegaba entera. Sé que hay gente que dice que los blancos no son serios. Esa gente puede opinar lo que quiera. La copa está en la mesa, la puerta al fondo está abierta, entra algo de aire y por esta noche es suficiente.
Lo de la tarjeta y los cargos de Busan no va a resolverse solo. Mañana toca llamar, escribir, hacer lo que haya que hacer. Esta noche todavía no sé si fue incompetencia bancaria, un cobro duplicado, o algo peor, y esa incertidumbre ocupa espacio aunque no quiera darle más vueltas. Natori no tiene la culpa de nada, pero tampoco ayuda que sea Obon y que todo tenga ese ritmo de pausa larga que no es descanso sino simplemente ausencia de urgencia. La botella va por la mitad. Los calcetines ya están secos.
Imprescindible en Natori, Japón
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