«A ver si hoy funciona la maldita ranura», me dije frente al mismo lector de tarjetas del konbini de la calle principal, el de la pegatina azul despegada por una esquina. No funcionó. Claro que no. Lleva días así, lo cual significa que las decisiones del día se reducen a lo que quepa en ¥177 en efectivo, y eso no da para mucho en ningún sitio, menos en Ōzora, donde las opciones ya son escasas de base.

Ayer, en el baño público cerca de la parada de autobús, la puerta rota me tuvo tres minutos sujetándola con el pie mientras intentaba hacer dos cosas a la vez. Asunto cerrado, al menos en el sentido de que ya no pienso más en ello. Aunque tampoco puedo decir que el día de hoy haya empezado con mucha más dignidad.

Lo que hice, al final, fue caminar. Sin destino concreto y sin gastar nada, lo cual tiene su lógica perversa cuando el dinero escasea. Tomé por la Route 39 hacia el este, la carretera ancha y sin gracia que atraviesa Memanbetsu con esa planitud característica de Hokkaido que a algunos les parece majestuosa y a mí me resulta simplemente enorme, como estar dentro de algo que no te ha invitado. A los lados, girasoles. Muchos. Una hilera larga, casi obscena de amarillo, bordeando lo que creo que es tierra de cultivo privada. No había nadie. El sol pegaba sin permiso.

Acabé dentro de un templo pequeño, sin nombre visible desde la calle, el tipo de sitio que no aparece en ninguna lista y que está abierto porque alguien lo dejó abierto. El suelo de madera crujía en los mismos tres puntos cada vez que me movía. Las paredes tenían rollos colgados con escritura que no entiendo, tinta negra sobre papel amarillento, y un altar de madera con dos candelabros sin velas. La luz entraba desde algún lado, difusa, sin que yo pudiera localizar la ventana exacta. Hacía fresco. Olía a polvo viejo y a algo dulce que no identifiqué, quizás incienso de hace varios días todavía flotando en la madera.

Me quedé un rato sentado en el borde del suelo de madera, con la espalda apoyada en el marco de la puerta interior. En otro momento habría sacado el cuaderno para apuntar algo, el ángulo de la luz, el detalle del candelabro izquierdo que tenía una mancha oscura en la base que podría ser cera o podría ser otra cosa. Pero el cuaderno lo perdí hace cuatro días y todavía no me he acostumbrado al gesto en falso: la mano que va hacia el bolsillo y no encuentra nada.

La pregunta que lleva rondándome desde el mediodía es si quedarme quieto en Ōzora es una estrategia o simplemente lo que pasa cuando no te queda margen para otra cosa. El templo no me dio respuesta, cosa que agradezco porque los sitios que dan respuestas me ponen nervioso. Lo que sí hizo fue costarme cero yenes y dejarme estar dentro sin que nadie me mirara, lo cual, en el recuento del día, ya cuenta como algo positivo.

Comí tarde, un onigiri de arroz con umeboshi comprado en otro konbini donde la ranura sí funcionó, esta vez. ¥130. El envoltorio de plástico tenía las instrucciones de apertura en tres pasos ilustrados y aun así tardé más de lo razonable. Afuera, la luz de agosto en Ōzora a las cuatro de la tarde tiene esa calidad particular de hora larga, como si el día no supiera cuándo terminar.

Los rollos del altar seguían ahí cuando salí. Supongo que siguen ahí ahora.

Imprescindible en Ōzora, Japón

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