«Cuánto», dije, señalando el plato del tipo de al lado. El hombre detrás del mostrador soltó un número. Yo puse otro número sobre la mesa. Hubo un silencio de cuatro segundos que me pareció un minuto entero, y entonces asintió.
Así de simple. Así de improbable, viniendo de mí.
El bol llegó humeando: fideos anchos con trozos de carne y unas verduras encima que no supe identificar del todo, sobre cerámica oscura con el borde desportillado. Me lo bebí casi. El caldo tenía una especia que no reconocí y que me dejó la lengua levemente entumecida durante veinte minutos. El vaso de al lado era té negro con hielo que se deshizo antes de que terminara de comer. No importó.
Estaba en una especie de local sin nombre visible en la zona del bazar, con las paredes cubiertas de papel adhesivo color crema que se despegaba por las esquinas y un ventilador de techo que giraba sin convicción. Afuera: cuarenta y dos grados según el cartel digital de la farmacia que alcanzaba a leer desde la silla. Cuarenta y dos grados es una cifra que en otro contexto parecería exageración. Aquí es solo el mediodía de un viernes de julio.
Llevo días en los que algo no funciona cuando intento moverme. Anteayer hubo un problema, y hace tres días también, y la semana pasada tres veces más. No voy a enumerar los detalles porque empiezan a parecerse todos y repetirlos no ayuda a nadie, incluyéndome. El resultado es que me quedo. No porque no pueda salir sino porque la proporción entre el esfuerzo de intentarlo y lo que se gana del otro lado ha dejado de tener sentido. Hoy tomé esa decisión antes de las nueve de la mañana, con bastante tranquilidad, sin dramatismo. Korla un día más.
La negociación del bol me duró. Eso sí. Esa pequeña victoria tonta de haber dicho un número y que el número funcionara me acompañó mientras caminaba de vuelta por la acera de sombra, que en esta ciudad existe si sabes a qué hora ir y por qué lado. No es entusiasmo. Es más bien esa satisfacción seca de cuando algo funciona exactamente como debería y uno se sorprende de todas formas.
El dinero que tengo estirado cubre esto sin problema. Fideos más té más ese margen de negociación: menos de lo que esperaba. Seguiré contando igual.
Por la tarde no moví mucho. El calor a esas horas convierte cualquier plan en un ejercicio de voluntarismo. Hay un modo de estar en un sitio sin estar realmente haciendo nada en él, y eso es lo que hice: existir en Korla sin consumirla, si se le puede llamar así a quedarse en un cuarto con el ventilador al máximo leyendo algo que ya había empezado tres veces. Afuera, las bocinas de algún camión en la avenida. El olor a asfalto caliente que entraba por la rendija de la ventana cada vez que pasaba algo grande.
El bol de fideos seguía presente de alguna forma. El entumecimiento de esa especia me duró hasta bien entrada la tarde.
Imprescindible en Korla, China
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