Cerré el puesto de la señora del banmian a las nueve y cuarto, porque llegué a las nueve y diez y ya había bajado la persiana. La persiana de metal tenía un adhesivo de Pepsi tan viejo que el rojo se había vuelto rosa pálido, y eso fue lo primero que vi bien esta mañana: un anuncio desteñido y la certeza de que no iba a desayunar donde había planeado.
Ayer tampoco salió como esperaba. Ya llevo varios días así en Korla, y la paciencia que uno supone que acumula con el tiempo en realidad no se acumula: se gasta. Así que me fui a pie por Xinhua Road buscando algún sitio abierto, con el estómago vacío y cierta irritación específica contra el municipio o contra el universo, todavía no sé bien contra quién.
Encontré un cartel pegado en una pared de la calle Lixiang que tenía precios escritos en chino, en uyghur y en algo que podría ser ruso o podría ser kazajo, con números distintos en cada idioma. No sé si los precios eran diferentes según la lengua que leyeras o si simplemente habían actualizado la lista varias veces sin borrar la anterior. La pintura de fondo, que alguna vez fue naranja fuerte, ahora era una mezcla de manchas que el sol había ido erosionando en capas sucesivas. Me quedé mirando ese cartel más tiempo del normal porque no tenía ninguna prisa y porque el asunto de los precios distintos según el idioma me parecía o bien un error o bien una política muy discreta. Lo segundo me parecía más interesante.
Al final entré a un sitio pequeño, sin nombre visible desde la calle, donde un hombre preparaba latiaozi sin mirarme en ningún momento. No es que fuera antipático: simplemente tenía un método de trabajo que no incluía el contacto visual con los clientes. El cuenco costó once yuanes. Era bastante picante y bastante bueno, en ese orden. Pedí agua y me trajeron agua con gas sin preguntarme si la quería con gas o sin gas, lo cual es una forma de resolver el problema que no comparto pero que entiendo.
El resto de la mañana la pasé dando vueltas por el tramo de Binhu Avenue que bordea el parque, que a esta hora, con el calor que ya hace en julio, estaba bastante despejado. Korla huele a pera en los mercados (es la fruta con la que esta ciudad se identifica, aunque yo todavía no he encontrado un puesto que venda peras frescas a un precio que justifique el argumento) y a gasoil en los cruces donde pasan los camiones de la industria petrolera. Es una combinación extraña que ya he dejado de notar, lo cual tampoco me dice nada bueno sobre mi capacidad de sorpresa.
Vi tres camionetas aparcadas frente a una oficina sin letrero con matrícula de Xinjiang Oilfield y me pregunté qué tipo de ciudad es esta exactamente: si es una ciudad comercial con industria petrolífera encima, o una ciudad petrolífera con un mercado de peras como decoración. La respuesta probablemente es que es las dos cosas y que la pregunta no lleva a ningún sitio concreto. Pero el cartel de la calle Lixiang, con sus tres idiomas y sus precios superpuestos, sigue pareciéndome la explicación más honesta de cómo funciona este sitio: cada capa escribió sus propias reglas encima de las anteriores, y nadie borró nada.
El adhesivo de Pepsi en la persiana todavía estaba ahí cuando pasé de vuelta.
Imprescindible en Korla, China
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