Al aterrizar en Albuquerque esta mañana, lo primero que he visto desde la ventanilla ha sido tierra. No verde, no gris, no el marrón industrial de las periferias. Tierra roja y seca como una cicatriz, y el cielo tan azul que parecía pintado con demasiado entusiasmo. Venía de Billings, que tiene su carácter, pero esto es otra cosa. El aire huele distinto aquí, a polvo caliente y a algo que no sé identificar todavía, quizás resina de algún árbol que no reconozco.
He cogido el autobús hasta el centro y desde ahí he caminado hasta Old Town. No porque tenga ganas de turismo, sino porque el alojamiento no está listo hasta las tres y algo hay que hacer con el cuerpo mientras tanto. Central Avenue me ha llevado hacia el oeste, entre coches y letreros, hasta que la ciudad ha cambiado de textura de golpe: adobe, portales de madera, una plaza con tierra apisonada en lugar de asfalto.
La iglesia de San Felipe de Neri está justo al fondo de la plaza, blanca y gruesa, con dos campanarios que no terminan de decidirse entre ser sobrios y ser llamativos. Las sombras que proyecta a esta hora son limpias, casi geométricas, y hay cuatro bancos de madera a los lados del cuadrado verde central donde la gente se sienta sin ninguna prisa aparente. Eso, lo de la sobremesa indefinida a la sombra de un árbol en mitad de la semana, es algo que entiendo perfectamente. No me parece perezoso. Me parece sensato.
Un hombre mayor, sombrero de paja, me ha preguntado si sabía si el museo de la esquina abría los lunes. No lo sabía. Él ha dicho «gracias de todas formas» y se ha quedado mirando el cartel como si la respuesta fuera a cambiar. No ha cambiado. Hemos coincidido en esa conclusión sin decirlo y cada uno ha seguido su camino.
Lo que sí he calculado, y varias veces, es lo que me queda en el bolsillo para hoy: cuatro euros y medio, o lo que es lo mismo en dólares, una cantidad que no da para alegrías pero sí para tacos si uno sabe buscar. El plan es ir esta noche a Tacotote, en Central Avenue al este, que es barato según lo que he podido comprobar antes de salir. Un par de tacos y agua del grifo. La alternativa sería un bocadillo del supermercado que he visto al bajar del autobús, pero prefiero sentarme, aunque sea diez minutos, y comer como corresponde. Hace tres días tuve otro gasto que no venía a cuento, y antes otros dos, y el margen se ha reducido hasta este punto en el que cada decisión tiene consecuencias directas y no metafóricas. Así que: tacos esta noche, y mañana ya veremos.
He dado una vuelta completa a la plaza por los portales cubiertos. Hay tiendas de artesanía con turquesa en los escaparates, mantas dobladas en sillas, un par de vendedores que no insisten, lo cual agradezco. Lo que más me ha llamado la atención ha sido una pared de adobe con una grieta reparada con cemento moderno, sin ningún disimulo. El contraste es feo, pero honesto. El resto del barrio parece restaurado con cuidado, o al menos con voluntad de que parezca intacto, pero esa grieta parcheada en gris es la única cosa que me ha parecido auténtica en toda la vuelta.
Todavía tengo unas horas antes de los tacos. He encontrado un banco libre en la plaza, al sol, que es lo que hay, y desde aquí se ve la fachada blanca de la iglesia con las sombras moviéndose despacio. No es un mal sitio para estar sin hacer nada en particular.
Imprescindible en Albuquerque, Estados Unidos
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