¿Cuánto tiempo puede uno quedarse parado delante de un restaurante sin entrar, sin irse, sin hacer nada concreto? Porque eso he hecho esta tarde en la King Avenue West: quedarme plantado frente al Golden Phoenix West como si el letrero luminoso fuera a decirme algo que yo no supiera ya. El letrero no me ha dicho nada. Yo sé perfectamente lo que tengo en el bolsillo.
Cuatro dólares y medio. No es una cifra que exija mucha interpretación. Las tres pérdidas seguidas de la semana pasada (anteayer, hace cinco días, hace siete) me han dejado en ese número con una precisión casi ofensiva, como si alguien hubiera calculado exactamente hasta dónde podía llegar el daño antes de que dejara de ser un problema y se convirtiera en otra cosa. No estoy dramatizando: cuatro con cincuenta es lo que hay, y un restaurante chino en Montana existe en un universo donde eso no alcanza para casi nada.
Había pasado antes por el tramo de Gay Place, que es una de esas concentraciones comerciales que Billings tiene desperdigadas sin un criterio muy claro, mezcla de tiendas de neumáticos y locales de comida rápida y algún salón de belleza con el letrero escrito a mano. Quería orientarme un poco, ver si el día daba para algo más que caminar. No dio para nada especial: un señor que salía de una ferretería con un tubo de PVC bajo el brazo me preguntó si necesitaba ayuda y cuando le dije que no, lo que buscaba era un restaurante chino en la King, me miró como si eso fuera una elección extraña para un domingo por la tarde. Igual que me miró el vendedor del mercado ayer cuando le dije de dónde soy y soltó esa canción inventada, con la misma expresión de alguien que tiene una opinión muy formada sobre el asunto pero la expresa de forma peculiar. El recuerdo no me ha abandonado en todo el día: la convicción con la que cantaba, sin vergüenza, con una melodía que no existía hasta ese momento. Hay una lógica interna ahí, en eso de inventarse algo y defenderlo con toda la seriedad del mundo, que al principio suena absurda pero si uno lo piensa un rato acaba teniendo sentido. No sé cuál. Pero lo tiene.
La llegada al Golden Phoenix West se retrasó porque cogí mal la dirección desde el punto en el que estaba y tuve que desandar un buen trecho por la King, que en este tramo no tiene ninguna sombra y el sol de la tarde en Billings en septiembre todavía pega más de lo que uno esperaría. El fallo fue mío, o del mapa del móvil, o de ambos. El caso es que cuando llegué al local eran casi las seis y llevaba más de veinte minutos de más caminando con el estómago vacío, lo cual no mejora el juicio de nadie.
El sitio está abierto. Paseantes pasan por la acera sin detenerse. Hay un letrero luminoso que funciona, lo cual ya es más de lo que puede decirse de varios locales en esta ciudad. Lo que no hay es una carta en el escaparate, ni un precio visible desde fuera, ni ninguna señal de que cenar aquí cueste menos de lo que cuesta cenar en cualquier otro sitio. He mirado por el cristal. Hay mesas. Hay luz. Hay alguien dentro que parece un empleado y que en ningún momento ha levantado la vista hacia la calle.
La idea que me ronda es absurda: que quizás el plato más barato de la carta cuesta exactamente cuatro dólares y medio. Que el universo tiene esa clase de humor. No lo he comprobado porque entrar a preguntar el precio de algo sin intención de pedirlo es una de las pocas cosas que no soy capaz de hacer con naturalidad.
El letrero sigue encendido. Yo sigo aquí fuera.
Imprescindible en Billings, Estados Unidos
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