Hay cuatro dólares y medio en la cuenta. Lo sé con precisión milimétrica porque ayer lo miré tres veces seguidas, como si el número fuera a cambiar. No cambiaba. Cuatro dólares y medio después de que esta semana se ha llevado dinero de maneras que todavía no entiendo del todo, y la semana anterior también, y la anterior. Había algo pendiente del jueves que seguía dando vueltas por la habitación mientras yo intentaba hacer la cama, que es una actividad absurda cuando el colchón tiene exactamente ese tipo de rebote que hace imposible que la sábana quede en su sitio.
Así que La Tinga en la calle 30 Norte, porque comer hay que comer y porque ahí se come con lo que queda en el bolsillo sin que nadie te mire raro por pedir una sola cosa. El pasillo de la 30 es ese tipo de calle que no aparece en ningún sitio cuando buscas Billings en internet pero que es perfectamente legible si sabes leerla: talleres de uñas, una carnicería con letrero en español, una panadería con el escaparate a medias, una tienda de ropa donde los maniquíes llevan vestidos de quinceañera. Una ciudad dentro de la otra, más útil y bastante menos fotografiada.
La Tinga huele a chile adobado desde antes de entrar. Pedí lo que podía pagar, sin más deliberación, y me senté en uno de los taburetes del mostrador. El tipo que atendía no me preguntó nada especial, que es exactamente lo que quería. El problema vino de fuera.
Salía del restaurante cuando un vendedor con una mesa plegable justo en la acera se ha girado hacia mí y me ha preguntado de dónde era. Con toda la naturalidad del mundo, el tono de quien lleva el día entero rompiendo el hielo. Le he dicho. Y entonces, sin pausa y sin vergüenza, ha empezado a cantar: una melodía vagamente flamenca, letra completamente inventada, con palabras que sonaban al español pero que no formaban ninguna oración que yo haya oído nunca. Lo ha cantado con convicción total, mirándome, como esperando que yo lo reconociera. He esperado a que terminara. «¿Qué canción es esa?», he preguntado. «La de España», ha dicho él. Como si hubiera una. Como si eso lo explicara todo.
No me ha parecido gracioso en el momento, o tal vez sí un poco, pero el tipo tenía una seguridad tan desproporcionada para la situación que me ha dejado sin respuesta útil. He asentido y he seguido andando. Lo que me queda de ese intercambio es la imagen de alguien que opera con una convicción completamente desconectada de los hechos, y me pregunto si eso es un defecto o una habilidad que yo no tengo.
Lo de ayer sigue sin cerrarse. Hay una conversación que quedó cortada en un punto incómodo y que no sé si tiene solución o simplemente tiene que ir apagándose sola, que es como se resuelven muchas cosas que no se resuelven. Desde el taburete del mostrador lo he pensado dos veces, entre bocado y bocado, y no he llegado a ningún sitio nuevo.
La habitación tiene una luz de tarde que entra torcida por la ventana y le da al sillón ese color de cosa usada pero no del todo agotada. He vuelto, he puesto las cosas sobre la mesa y me he quedado mirando el techo un rato, que es mi forma de no hacer nada sin sentirme del todo culpable de no hacer nada. El vendedor seguía ahí cuando he pasado por delante en el otro sentido. Me ha saludado con la cabeza. No ha cantado.
Imprescindible en Billings, Estados Unidos
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