«¿Primera vez aquí?», me preguntó la camarera de Na Ra mientras dejaba la carta sobre la mesa, y yo estuve a punto de decirle que no, que llevaba días en este tramo de Custer Avenue, que conozco esta acera mejor de lo que me gustaría admitir, pero al final respondí que sí con la cabeza porque era más fácil que explicar nada.

Hay algo que no termino de resolver desde hace días, una pregunta que me hice por la mañana y que se queda dando vueltas mientras camino por el lado este de la avenida, donde los comercios mezclan letreros en inglés con otros que no lo son, donde la ciudad se parece a sí misma pero un poco desplazada, como si alguien la hubiera empujado tres grados hacia algún lado que no sé nombrar. Lo de Billings es que no es exactamente una ciudad de paso, aunque yo la estoy viviendo como si lo fuera, y esa contradicción la cargo conmigo mientras entro en Na Ra y me siento en una mesa del fondo, cerca de otras dos personas que comen sin mirarse.

El problema con este restaurante es que es mejor de lo que parece desde fuera, y eso me incomoda un poco porque había llegado con expectativas bajas y sin hambre suficiente para justificarlas del todo. Pedí el bibimbap porque era lo más reconocible en la carta y porque no estaba de humor para que la camarera me explicara nada, y cuando llegó el plato, con el huevo frito encima todavía temblando y el vapor saliendo hacia las luces de filamento que cuelgan del techo, me arrepentí de no haber pedido también algo más. El arroz estaba crujiente por abajo, de ese crujiente que no aparece cuando el cocinero tiene prisa, y eso es exactamente el tipo de detalle que me hace callarme y comer sin escribir nada durante un buen rato.

Pero antes de eso había pasado lo del quiosco. Llevaba el móvil en la mano y la pantalla se bloqueó de un modo raro, intenté pagar el aparcamiento del coche con la aplicación y el cargo apareció dos veces, y cuando fui a reclamar al número que indicaba el cartel el buzón estaba lleno y nadie cogía. Dieciséis euros, o el equivalente, evaporados en una tarde de viernes en Montana sin recurso visible, lo cual me dejó mirando la pantalla con esa sensación específica de haber sido estafado por una infraestructura y no por una persona, que es casi peor porque no hay a quién decirle nada. Me quedé con menos de lo que tenía hace tres días, que ya era menos de lo que tenía hace cinco, y el patrón empieza a parecerse demasiado a una tendencia para fingir que no lo veo.

Crecí en Gouda, que es una ciudad que la gente conoce principalmente por el queso y que en realidad tiene esa calidad específica de los sitios medianos: suficientemente cómodos para quedarse, suficientemente aburridos para querer irse, y cuando pienso en Billings desde la mesa del fondo de Na Ra, con las luces bajas y el ruido sordo de otras conversaciones que no entiendo bien, me pregunto si Billings tiene esa misma cualidad o si sencillamente estoy proyectando la geografía de mi infancia sobre cualquier ciudad que no sea ni grande ni pequeña.

La camarera volvió a preguntar si quería algo más, y esta vez sí le respondí con algo más que un gesto, pedí un té aunque no tenía mucho frío, y ella lo apuntó sin comentar nada, sin ese exceso de familiaridad que había esperado encontrar y que no encontré, lo cual tomé nota de que tomaba nota. El tramo de Custer Avenue que queda al salir de Na Ra está iluminado de esa manera irregular que tienen las avenidas comerciales cuando ya no es del todo de noche pero tampoco hay suficiente luz para ver bien las distancias.

El té sabía a jengibre artificial. No a jengibre.

Imprescindible en Billings, Estados Unidos

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