Ayer me cruzé con alguien que me preguntó algo que no supe responder bien, y esta mañana sigo dándole vueltas a eso mientras camino por King Avenue West con la sensación de que la conversación no ha terminado del todo. No sé si terminará. Lo apunté como pendiente y así sigue.

El caso es que he venido a comer a Cupbop y que esta decisión no ha sido trivial. Tengo cincuenta y cuatro con cincuenta en el bolsillo, más o menos, y un cuenco de comida coreana en este sitio vale entre diez y doce dólares según lo que pidas. He hecho el cálculo tres veces de camino aquí, que es lo que pasa cuando llevas semanas acumulando golpes: anteayer fue otra pérdida, hace cuatro días también, y el cerebro ya funciona en modo preventivo aunque no quieras. Entro.

Cupbop es un local de comida rápida coreana, de cadena, con el mostrador largo y el menú en la pared con fotos grandes y números que indican el nivel de picante del uno al diez. Hay cola. No mucha, pero suficiente para que el chico del mostrador no me mire en los primeros tres minutos. Cuando me mira, no asume nada: espera. Señalo el número cinco, el arroz frito, el kimchi. Me pregunta si quiero la salsa extra. Le digo que sí. Me cobra once dólares y poco, me da un número de cartón rojo, y ya está.

Me siento en una mesa cerca de la ventana que da a la acera. Fuera hay sol, el tipo de sol seco de Montana en septiembre que aplana todo. Pasan dos mujeres con bolsas, un tipo con un niño en el hombro, un chico que lleva lo que parece una caja de herramientas metálica con la pintura desportillada. King Avenue West no es el downtown de siempre, tiene esa mezcla un poco irregular de negocios asiáticos, ferreterías, lavandería automática, y un par de sitios de comida que podrían ser cualquier cosa. No es pintoresco. Es funcional, que es distinto.

La espera se alarga más de lo razonable. Me dicen que el sistema para imprimir los tickets de cocina ha fallado y están anotando los pedidos a mano. El del mostrador se disculpa con esa expresión de quien lleva diciéndolo veinte veces seguidas. Espero. El local huele a aceite de sésamo y a algo ligeramente dulce que no consigo identificar. En la mesa de al lado hay una mujer mayor con el móvil apoyado en el salero, viendo un vídeo sin auriculares, con el volumen bastante bajo pero audible de todas formas.

Cuando llega el cuenco, está bien. No voy a exagerar: está bien. El arroz tiene la textura correcta, el kimchi no es tan picante como esperaba con el nivel cinco, y la salsa extra que pedí la han puesto en un vasito aparte en lugar de encima, lo cual me parece mal pero no lo suficiente como para quejarme. Me lo como pensando en Barcelona, que es lo que me pasa cuando estoy en sitios como este, sitios de cadena que existen en versión casi idéntica en cualquier ciudad, y pienso que allí hay un par de coreanos en el barrio de Sant Antoni que son mejores pero cuestan el doble. No sé si eso me hace sentir mejor o peor.

Salgo a la acera con el recibo en el bolsillo. Cuarenta y tres dólares y pico. La tarde tiene esa temperatura exacta donde no hace ni frío ni calor y uno no sabe qué hacer con eso. Sigo sin saber qué contestarle a quien me preguntó ayer.

Imprescindible en Billings, Estados Unidos

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