«¿Barbacoa o pollo?», me preguntó el tipo antes de que yo hubiera abierto la carta. No de forma amable, sino como quien ya sabe la respuesta y simplemente confirma. Me quedé mirándolo un segundo, calibrando si esto me estaba pasando otra vez, porque ayer en Billings un camarero me sirvió el café solo y el cruasán antes de que yo dijera nada, convencido de que era el habitual del local. Resulta que no lo soy. Resultó que tampoco hoy. Pero en Fat Texan Barbecue hay una lógica diferente al error de ayer: aquí todo el mundo pide lo mismo porque lo mismo es lo que hay, que son costillas ahumadas o muslos de pollo, con dos guarniciones de lista corta y sin margen para la originalidad. El tipo no me estaba leyendo a mí. Me estaba leyendo la cara de hombre con hambre, que es la única cara que se ve en ese local.

Había llegado a Denver con la mañana ya avanzada, en ese estado mental en el que uno no espera que la ciudad lo sorprenda sino simplemente que funcione. La excursión desde Billings no da para mucho romanticismo sobre la llegada: llegas, calculas cuánto tienes, y ajustas el plan al número. El número, hoy, no es generoso.

Cogí las costillas porque costaban menos que el pollo por alguna razón que no entendí y que tampoco iba a discutir. Dos guarniciones: alubias estofadas y col con vinagre. El local huele a madera quemada y a salsa dulce que se ha secado sobre la plancha varias veces antes de que nadie la limpiara bien, y eso, en este contexto, es exactamente lo que tiene que oler. Me senté en el extremo de una mesa larga, junto a un señor que llevaba un casco de obra colgado del antebrazo y comía sin mirar a nadie, lo cual me pareció el comportamiento más razonable que había visto en todo el día.

El problema vino después de comer, o más bien durante, cuando el tipo de la barra volvió a aparecer con un trozo de pan de maíz que yo no había pedido y me dijo que iba incluido. Podría ser cierto. Podría ser que me lo estuviera cobrando aparte y esperando a ver si protestaba. Lo comí igual, porque estaba bueno y porque con lo que llevo encima no estoy en posición de rechazar pan gratuito si las posibilidades de que sea gratuito son al menos del cincuenta por ciento. La supervivencia tiene su propia aritmética.

Luego estuve un rato caminando por la zona, más para no pagar nada que por curiosidad genuina. Por el South Colorado Boulevard hay una mezcla de negocios que no termina de decidir qué clase de barrio quiere ser: un SAVE-A-LOT, una ferretería con carteles en dos idiomas, una tienda de telefonía con el cristal tapizado de ofertas que nadie ha actualizado desde hace tiempo. El Capitolio asoma al fondo de algunas calles como quien se ha colado en una foto que no le correspondía. No es que quede mal. Es que queda raro, esa cúpula dorada emergiendo entre fachadas que no tienen ningún interés en hacerle la competencia.

Me paré en una esquina a mirar un cartel de oferta de naranjas que costaban menos de lo que había pagado por las alubias. Hice el cálculo mental de si podía comprar naranjas y seguir teniendo suficiente para el resto del día, y la respuesta fue que sí, pero por poco. No compré las naranjas. No porque no quisiera, sino porque el local estaba cerrado y el cartel llevaba claramente más de una semana pegado ahí.

Denver en un miércoles de septiembre tiene una luz limpia y sin pretensiones, ese tipo de tarde en la que el sol ya no quema pero todavía calienta la acera. Volveré a Billings con las costillas haciéndome compañía durante el vuelo y la duda razonable de si el pan de maíz estaba incluido o si acabo de pagar por él sin saberlo.

Imprescindible en Denver, Estados Unidos

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