El camarero de Cafe Italia me ha puesto un plato de pasta delante antes de que yo abriera la boca. Pasta con salsa roja, bastante generosa en cantidad, y una mirada suya que daba por sentado que eso era exactamente lo que yo había venido a buscar. «Su plato de siempre», me dijo, y yo me lo he quedado mirando unos segundos sin saber muy bien cómo responder, porque hoy era la primera vez que pisaba el local.

Le he dicho que no me conocía, que me confundía con alguien. Él ha insistido con una sonrisa medio incómoda de que era yo, que me recordaba perfectamente, que llevaba meses viniendo los martes. Y yo pensando: meses no llevo ni aquí ni en ningún lado que tenga sentido contabilizar de esa forma. Al final he aceptado el plato porque tampoco tenía energía para discutir la identidad con un camarero en Montana Avenue, y porque la alternativa era levantarme a leer la pizarra con el menú y fingir que tengo margen para ponerme exigente con algo.

El local es pequeño y tiene ese aspecto de sitio que no ha cambiado el mobiliario en décadas por convicción, no por nostalgia. Sillas de plástico marrón, una televisión encendida en un ángulo raro, una planta que probablemente sea artificial aunque no me he acercado a comprobarlo. Montana Avenue por el cristal, con su ritmo bastante tranquilo para ser mediodía de martes, la acera casi vacía, algún coche aparcado sin orden aparente. La pasta estaba bien, con ese tipo de sabor correcto que no dice nada memorable pero tampoco decepciona, y me la he terminado entera porque llevar días comiendo con criterio de supervivencia agudiza la capacidad de apreciar cualquier cosa caliente en un plato.

Anteayer me entró una noticia que no esperaba y que ha roto lo poco que quedaba de aritmética razonable en mi cabeza: otra pérdida, de golpe, que se suma a las anteriores sin ofrecer ninguna explicación que tenga lógica interna potente, que es el único tipo de lógica que me resulta medianamente tolerable. Puedo aceptar una idea absurda si tiene una estructura detrás. Esto no tiene ninguna. Solo tiene el resultado, que es que me quedo con lo que me quedo, en Billings, sin plan inmediato más allá de no gastar lo que ya no tengo.

El camarero me ha vuelto a mirar al terminar el plato con cara de satisfacción, como quien comprueba que ha hecho bien su trabajo. Le he preguntado cuánto era. Me lo ha dicho. Lo he pagado, y mientras lo hacía he hecho el cálculo de cabeza, el de siempre, el que últimamente sale siempre igual de mal, y he dejado el local sin que él perdiera la convicción de haberme atendido de maravilla durante meses.

Por Montana Avenue hay una ferretería con el rótulo medio despegado, un par de locales cerrados con el papel pegado en el cristal por dentro, y una panadería que olía bien desde la acera pero que no he entrado porque no era el momento de oler a mantequilla y tomar decisiones de gasto innecesarias. He caminado lo justo para no quedarse tieso después de comer, sin destino concreto, sin la pretensión de que eso fuera turismo ni exploración ni nada que merezca nombre propio.

Billings tiene esa cualidad de ciudad que no te pide nada. No hay ningún monumento que te obligue a desviar la ruta, ningún barrio que insista en ser visitado, ninguna promesa de ambiente especial a determinada hora. Desde el punto de vista de alguien que en este momento no puede permitirse tener exigencias estéticas, eso es casi una ventaja. Casi.

El plato del camarero, según él, era lo de siempre. Quizás para el que se confunde conmigo, eso funciona. Para mí solo era un martes de septiembre con pasta, una pérdida más anotada en ningún sitio, y la tarde todavía entera por delante.

Imprescindible en Billings, Estados Unidos

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