Billings. Primera pregunta que me hago al bajar del taxi: ¿qué tiene esta ciudad que no tenga Edmonton salvo unos cuantos grados de diferencia en septiembre y una cuenta con cincuenta y nueve dólares canadienses? La respuesta, de momento, es Minnesota Avenue, que es donde he acabado caminando con la mochila todavía en la espalda porque el alojamiento no abría hasta las tres y eran las doce y media.

La avenida no es lo que esperaría alguien que busque un centro revitalizado. Hay negocios abiertos, sí, pero también escaparates con papel de periódico por dentro y locales de servicios básicos donde el cartel lleva más años que la pintura de la fachada. Una ferretería, dos sitios de préstamos rápidos, una barbería con el letrero inclinado, una tienda de ropa de segunda mano que huele a humedad desde la acera. El pavimento está agrietado en los pasos de cebra. No es abandono, exactamente; es más bien el aspecto de una calle que no ha conseguido decidir si reinventarse o simplemente aguantar. Me resulta más honesta que muchas avenidas que he visto reformadas para turistas que nunca llegan.

Ayer perdí dinero de una forma lo suficientemente estúpida como para no querer escribirla aquí con detalle. Es el tercer golpe del mismo tipo en tres semanas, lo cual ya no es mala suerte sino un problema de método que todavía no he sabido corregir. Y encima la sesión de filmación de Edmonton, cuatro horas de trabajo la semana pasada, no ha producido ningún seguimiento, ningún mensaje, nada. Entro en Billings con ese peso encima y con la sensación de que si esto fuera un partido estaría en el minuto ochenta perdiendo por dos.

The Field House está en Minnesota Avenue y desde fuera parece exactamente lo que es: un pub de barrio que lleva suficientes años en el mismo sitio como para no necesitar redecorarse. La fachada es de ladrillo, el letrero es sencillo, los coches aparcados delante son camionetas en su mayoría. Dentro hay barra larga, mesas de madera sin ningún detalle decorativo que merezca el nombre, y una televisión con un partido que nadie estaba mirando del todo. El camarero me ha puesto el agua antes de que yo dijera nada, lo cual no sé si interpretarlo como hospitalidad automática o como señal de que ya me había visto cara de tipo que lleva horas caminando.

He pedido algo barato y me he quedado en la barra con el oído abierto porque eso es lo que hago el primer día en un sitio nuevo: escuchar antes de hablar. Los clientes de la tarde son trabajadores de paso, alguien con botas de obra, una pareja que no ha hablado demasiado entre sí pero tampoco con nadie más. Nada extraordinario. Lo que sí me ha llamado la atención es que el pub no tiene carta de cócteles en la barra, solo una hoja plastificada con la lista de cervezas y los precios del día en rotulador. Eso es un marcador más útil que cualquier guía: este sitio no está intentando ser otra cosa.

La pregunta que tenía cuando llegué, si Billings iba a ser un punto de inflexión o más de lo mismo, no tiene respuesta esta noche. Es demasiado pronto y estoy demasiado cansado para ser objetivo. Pero hay algo en la avenida, en el hecho de que nadie aquí parece estar actuando para una audiencia imaginaria, que me resulta útil. No agradable necesariamente. Útil.

Fuera, cuando he salido, la luz de las seis de la tarde caía plana sobre el asfalto y la barbería de al lado ya había echado el cierre. El letrero inclinado seguía igual.

Imprescindible en Billings, Estados Unidos

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