Ayer estuve cuatro horas frente a una cámara y hoy no sé nada. Cero mensajes. Ni un correo, ni una llamada, ni siquiera uno de esos whatsapps que dicen «gracias por venir, os avisamos». Que no es que esperase gran cosa, pero cuatro horas en Whyte Ave siguiendo instrucciones de un tipo que llevaba un walkie-talkie a media altura merecen al menos un acuse de recibo.
He cogido el autobús hasta el cruce de 89 Avenue NW, que ha costado cuatro dólares canadienses y cincuenta centavos el trayecto sencillo, y eso ya es una decisión que se nota. Me quedan ciento cuatro con algo. En Edmonton no hay mucho margen para ponerse filosófico con el cambio de moneda.
La escultura está ahí, en mitad de una acera que no parece diseñada para nadie que quiera detenerse. Cinco figuras de bronce con traje, caminando hacia mí, o hacia donde yo estaba antes de apartarme. Son de 1984 y se nota en la postura: ese andar decidido que ahora parecería irónico en cualquier publicidad. Llevan maletín metafórico aunque no lleven nada en las manos. El cielo estaba completamente cubierto, el tipo de nubes planas de Edmonton que no amenazan lluvia pero tampoco permiten que la luz haga nada interesante. Las figuras eran oscuras contra ese fondo gris, y su tamaño, bastante mayor que el natural, las hacía un poco absurdas más que imponentes, que es probablemente lo que quería el autor aunque en los carteles no lo diga así.
Me quedé un rato largo. No tenía prisa porque no tenía adónde ir. El barrio en esa zona es de esas mezclas que no terminan de decidirse: una casa reformada junto a un solar, un taller de chapa y pintura que lleva funcionando desde antes de que nadie pensase en poner una escultura al lado. En mi italiano bastante chapurreado me habría parecido una piazza di quartiere; en Edmonton es simplemente una acera con cinco tíos de bronce que caminan sin llegar nunca a ningún sitio. A mí eso me pareció lo más honesto de todo el conjunto.
El problema con los trabajos de extra es que nadie te explica si cobras por firmar o si hay que esperar a que el anuncio se emita, y yo no pregunté porque en ese momento todavía me parecía una buena historia. La directora de casting me dio una tarjeta. La tarjeta existe, la llevo en el bolsillo exterior de la mochila, pero una tarjeta no es un contrato y un contrato no aparece solo en el buzón de entrada. Con ciento cuatro dólares no puedes permitirte esperar indefinidamente la confirmación de una producción local que igual ni llega a televisión.
Así que estaba ahí, delante de las cinco figuras, haciendo el cálculo que se hace cuando los números no tienen margen de error. Si cobro, bien. Si no cobro, las cuatro horas fueron gratis y una anécdota. Ninguna de las dos opciones me arruina hoy, pero la segunda empieza a aburirme antes de que se confirme.
Las figuras tienen una superficie que ha cogido esa pátina verdosa que el bronce hace sola con el tiempo y la lluvia de Alberta. En los hombros y en las rodillas el tono es más oscuro, donde la gente las toca o donde el agua se acumula. Están bien ejecutadas, aunque a mí los trajes me parecen un error conceptual que nadie corregirá ya: las congelan en una década concreta cuando la intención era probablemente universal. En fin.
El autobús de vuelta pasó con ocho minutos de retraso según la pantalla del móvil, que al menos en eso sí da señales de vida.
Imprescindible en Edmonton, Canadá
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