¿Cuándo fue la última vez que alguien te paró por la calle para pedirte algo que no fuera dinero o el encendedor? Esta mañana iba por Whyte Ave sin prisa, con la única intención de llegar al Calgary Trail NW antes de que el hambre se pusiera seria, y una chica con auriculares y una tableta me ha cortado el paso. Que si tenía el rato libre, que si me importaba participar como extra en un anuncio local, que si era algo rápido. Cuatro horas, al final. Nada fue rápido.
La directora de casting se llamaba algo que no alcancé a leer bien en la tarjeta que me dio, y me lo explicó dos veces pero el ruido del equipo se lo tragó las dos. El anuncio era para algo de seguros o de telefonía, no quedó del todo claro, y mi función consistía en sentarme en una terraza de utilería y fingir que charlaba con otras dos personas mientras las cámaras pasaban por detrás. Me lo explicaron con esa amabilidad profesional un poco mecánica que tienen los equipos de producción cuando ya llevan tres días rodando y los extras son el último problema que quieren gestionar. No hubo catering. Hubo, eso sí, un termo de café que alguien compartió sin que nadie se lo pidiera, de esos de acero inoxidable que conservan el calor pero también el sabor metálico de la última vez que se lavaron mal.
Salí de ahí con las piernas algo entumecidas y la misma hambre de antes, multiplicada. El Calgary Trail NW tiene esa cosa curiosa de los corredores de comida que no están pensados para atraer a nadie en particular, sino para servir a quien ya vive cerca: carteles en varios idiomas, locales pegados unos a otros, menús plastificados que llevan años en el escaparate. El sitio al que tenía pensado ir, ese local que comparte cocina entre biryani y cocina japonesa bajo el mismo techo, me había llamado la atención desde hace días precisamente porque me parece una apuesta rara, de esas que o funcionan por necesidad o funcionan por convicción y es difícil saber cuál de las dos desde fuera.
Dentro, la sala tiene esa iluminación funcional de mediodía que no disimula nada: el desgaste de las sillas, los manteles plastificados, el menú en la pared con fotos más grandes que los propios platos. Había otras mesas ocupadas, gente que comía sin levantar la vista, lo cual siempre es buena señal, mucho mejor que los sitios donde los comensales miran a ver si alguien les está mirando. Pedí el biryani porque era lo más barato del tablón y porque me apetecía algo con sustancia, y llegó en un recipiente de aluminio con una pequeña capa de aceite encima que no le hacía ningún daño al conjunto. El arroz estaba bien especiado, no de esa forma agresiva que busca impresionar, sino de la forma en que está especiado cuando quien lo cocina lo ha hecho siempre así. Guardé mentalmente ese dato, que es lo que hago con los licores sin etiqueta y las botellas raras que encuentro en mercados: apunto la existencia sin necesitar más explicación.
El pedazo de tarde que quedaba lo usé para caminar por la zona de 109 Street NW, que a esta hora tiene un ritmo tranquilo de sábado, gente haciendo recados, algún local cerrando temprano, una ferretería que olía a disolvente desde la puerta. Ayer el músico callejero y la canción; hoy cuatro horas sentado frente a una cámara fingiendo conversar. Edmonton tiene una tendencia extraña a convertirme en personaje de otras cosas sin pedirme permiso, y yo lo dejo pasar porque tampoco tenía un plan mejor. El termo de café seguía sabiendo a metal. El biryani, no.
Imprescindible en Edmonton, Canadá
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